Esos polvos trajeron estos lodos ("ESPECIAL")

A causa de la pandemia viral COVID-19, el Perú vive los días más difíciles de su existencia que recordamos.

Ignoro si son días más difíciles que la violencia terrorista y el desastre económico de la década de 1980. Hay quienes comparan la muerte, la desolación y la miseria de ahora con la terrible y nefasta guerra contra Chile entre 1879 y 1883. Tal vez, porque desde la sucesión constitucional de 2018 en la Presidencia de la República está un “aventurero”. Bellaco de la mentira, psicópata del poder, traicionero siniestro, cuyo Gobierno nacional es tan incompetente y falsario, como no tiene parangón en nuestra historia republicana.

La pandemia era inevitable, pero pudimos enfrentarla diferente. Este virus no nos halló unidos sino divididos como país. A quienes ya divisan una oportunidad en los siguientes meses, a raíz del “escándalo Richard Swing” (la fiscalía abrió investigación preliminar y allanó las oficinas del Ministerio de Cultura y el Palacio de Gobierno, el Congreso ha citado al bufonesco Richard Cisneros y la procuraduría anticorrupción ha pedido el testimonio del “aventurero”), para reiniciar la (destructiva) confrontación política e ideológica que nos trajo a esta realidad, les digo que este país no es el mismo del 16 de marzo, cuando empezó nuestra tragedia presente.

Todo comenzó con las elecciones generales de 2016 y la instalación del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski y el Congreso. Voté viciado y, posiblemente, Kuczynski no era el mejor hombre para gobernar, pero fue elegido por la mayoría del electorado. De igual forma, otra mayoría del electorado dio al fujimorismo de la ex congresista doña Keiko F. la mayoría absoluta en la Cámara. El odio tribal y los intereses mezquinos de quienes desde cafeterías, oficinas de la administración pública, cónclaves partidarios y secciones noticiosas o columnas de opinión impidieron a Doña Keiko comprender su importante responsabilidad política y su acatamiento a la voluntad popular expresada libremente en las urnas.

En las bibliotecas y hemerotecas hay suficiente material para narrar el decurso de los hechos: los gritos en la ceremonia de juramentación, la humillación cuando el gabinete ministerial pidió la cuestión de confianza, la injusta censura al Ministro de Educación, las facultades legislativas otorgadas y los decretos legislativos derogados, los ministros citados o interpelados, el maniático celo fiscalizador, las exigencias interesadas de sometimiento político, las mentiras sistemáticas, el oportunismo para debilitar a Kuczynski hasta forzar su caída. De otro lado, Kuczynski creyó que su prestigio profesional y su simpatía de viejito eran suficientes en la complicada política peruana. Cometía torpezas, hablaba de más, vacilaba mucho, no buscó buenos colaboradores políticos para gobernar y terminó abandonado hasta por quienes le habían apoyado.

Salvo excepciones, esos personajes que anhelaron desde el principio la caída de Kuczynski, tanto por razones políticas o ideológicas como personales, auparon el ascenso del “aventurero”. No les importó la felonía. Eran esclavos del cortoplacismo y hoy todo el país lo está. Ganaron, pero la victoria les duró poco tiempo. El “aventurero” los traicionó y buscó respaldo de anti-fujimoristas recalcitrantes. Después vinieron la implosión de la mayoría fujimorista en la Cámara, las fechorías y trampas de varios fujimoristas, la lucha anticorrupción convertida en aniquilamiento político, la prisión preventiva de Doña Keiko, etc. El Referéndum de 2018, los intentos de forzar la disolución de la Cámara, las pretendidas iniciativas de reforma política que poco o nada reformaron, la batalla política por el Tribunal Constitucional, las turbas “gobierneras” alrededor del Palacio Legislativo, el “aventurero” “cargándose” el Congreso, el interregno parlamentario, los decretos de urgencia y el resto de la historia la recuerdan todos.

Sin ése, el Perú debe regresar al espíritu de la transición a la democracia en 2001, cuando a amplios sectores los movía el deseo de estabilidad política, fortaleza institucional, crecimiento económico y desarrollo humano. Es la única manera de salvar la patria.

 


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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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