Como dije alguna vez o varias veces, no lo recuerdo: los partidos de fútbol me producen bostezos de hipopótamo.
No vi el último partido de la selección nacional de fútbol contra Argentina en el Estadio Nacional, en Lima, por la primera ronda de eliminatorias para el próximo mundial de futbol. Más interés tuve para ver por Internet un conocido programa político chileno.
Por declaraciones posteriores supe que la selección argentina fue eufóricamente recibida en Lima. Había simpatizantes peruanos afuera del hotel donde se hospedaron los jugadores argentinos. Hubo espectadores peruanos en el Estadio Nacional vistiendo la camiseta de la selección argentina. También quienes vestían camisetas de la selección peruana, pero con el nombre de Lionel Messi, famoso jugador argentino y considerado el “mejor futbolista del mundo”. No faltaron quienes vestían camisetas tanto con los colores peruanos como argentinos.
Cuando acabó el partido de fútbol, en el cual Argentina ganó a Perú, varios espectadores peruanos corrieron hacia la cancha de juego para fotografiarse con los jugadores argentinos. Especialmente, Messi. Toda esta anómala conducta social ha atraído la atención en los medios de comunicación. Más de un periodista o columnista de opinión ha manifestado su asombro (incluso estupefacción), evocan la “alegría nacional” en 2018 cuando Perú clasificó al mundial de fútbol en Rusia ese año tras varias décadas y se preguntan: ¿qué ha sucedido?.
Podríamos hacer comentarios o interpretaciones sobre estos sucesos, pero tendrían cierto sesgo por el punto de vista de quien las exprese. Partamos de hechos concretos: mucha agua ha corrido bajo el puente en este país. Perú en 2023 no es igual a Perú en 2018. Muchísimos peruanos, hombres y mujeres, no son hoy los mismos que hace cinco años.
Durante este tiempo muchos corazones sufrieron, muchas lágrimas se derramaron, muchas ilusiones se rompieron, muchos sueños se frustraron. También se avivó el odio, se fomentó la división y el enfrentamiento, se ha acumulado resentimiento. Ha cundido la decepción. El relativo optimismo que aún se respiraba en el ambiente social de 2018 ha dado paso al pesimismo mayoritario de la actualidad. ¿Por qué?. Inevitablemente, haber sido uno de los países con mayor cantidad de muertos por habitante en el mundo durante la pandemia viral COVID-19 iba a dejar huella en el inconsciente colectivo peruano. Basta recordar cómo fue el contexto social en el país cuando comenzó la pandemia y cómo fue cuando, formalmente, terminó.
El “bochinche callejero” de noviembre de 2020 (pronto hablaré más al respecto) y los resultados de las elecciones generales de 2021 fueron desahogos colectivos frente a la rabia, la ira y el desengaño acumulados por una pandemia que desbastó económica, social e institucionalmente al país.
Al mismo
tiempo, creo habría en este país una “sed de gloria”, un “deseo de triunfo”, una
necesidad de “volver a enamorarnos” de Perú, un “hambre de cambios”.
Quien en las siguientes elecciones generales sepa encarnar este ideal y
capitalizar estos sentimientos, ganará.
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