Volvamos a la “progresía” limeña, esas elites izquierdosas en política, intelectualidad, periodismo, arte y hasta deportes, que andan de capa caída.
Hace diez años, esta “progresía” limeña, que fue política y socialmente influyente desde el retorno a la democracia en 2001, “inventó” un candidato presidencial. ¿El elegido?. El economista Julio Guzmán, quien había sido Viceministro de Industria y PYMES durante el gobierno de Ollanta Humala. Pretendió una candidatura presidencial para las elecciones generales de 2016 con una marca electoral perteneciente al ex diputado Áureo Zegarra y el economista Drago Kisic. En los últimos meses de 2015 y primeros meses de 2016, Guzmán saltó en las encuestas de intención de voto, desde los últimos puestos con 2% al segundo puesto con alrededor de 10%.
El discurso de Guzmán era un tanto izquierdoso, pero lo suficiente para que la “progresía” limeña empezará a mimarlo. Sin embargo, contradicciones en el mensaje de un voluble Guzmán, sumado a ciertas meteduras de pata inaceptables (como haber declarado en entrevista a la periodista Milagros Leiva que era “un mantenido por su mujer”) y algunas declaraciones polémicas minaron sus posibilidades. Finalmente, por incumplimientos reglamentarios, el Jurado Nacional de Elecciones declaró improcedente la candidatura de Guzmán. Para ese momento, la “progresía” limeña lo defendía alegando el “derecho constitucional a la participación política”.
Tiempo después, Guzmán anunció la formación del Partido Morado. En 2017 consiguió la inscripción. A partir de entonces, Guzmán era requerido en los grandes medios de comunicación para que dé “su opinión” sobre la coyuntura política, pese a que su “estrella” se estaba apagando. A inicios de 2020, un reportaje periodístico reveló que, dos años antes, Guzmán había sido infiel a su esposa con otra mujer. Había acudido al apartamento de su amante, donde hubo un pequeño incendio y las cámaras de vigilancia captaron al frustrado ex candidato huir cobardemente. El prestigio de Guzmán quedó hecho añicos.
Guzmán reapareció públicamente en noviembre de 2020. El Congreso extraordinario había votado el cese del nefasto gobierno de Martín Vizcarra, un hijo mimado de la “progresía” limeña, y había instalado el gobierno de Manuel Merino. Guzmán, junto con la ex congresista Verónika Mendoza, comunista afrancesada, y el ex futbolista George Forsyth, entonces Alcalde de La Victoria y otro presidenciable sobrevalorado, decidieron encabezar la oposición desde las calles. Más allá de algunas decenas de seguidores, Guzmán no movía gente. Sin embargo, tenía una bancada parlamentaria numerosa, lo que le permitió influir en el interinato cuando el Congreso instaló el gobierno de Francisco Sagasti.
De nuevo, Guzmán volvió a ser el niño predilecto de la “progresía” limeña: entrevistas por aquí o por allá, notas informativas halagüeñas, artículos de opinión favorables, etc. Cuando comenzó la campaña electoral de 2021 estaba confiado que, ahora sí, su candidatura presidencial lo conduciría al Palacio de Gobierno. No obstante, Guzmán volvió a cometer las meteduras de pata que cinco años antes. Las encuestas de intención de voto no lo favorecían. Llegado el momento de los comicios, la dura realidad: apenas obtuvo 2.1% de votos válidos. Guzmán nunca fue un líder popular sino una invención mediática, junto con Forsyth: la suma de ambos no llegaba ni al 5% de votos válidos.
La próxima
vez que la alicaída “progresía” limeña infle un político haciéndolo ver como un
“líder de masas”, probablemente, sólo sea otra invención mediática.
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