El primer requisito de cualquier persona que postule a un cargo de elección popular es “mostrarse ganador”.
No es fácil. Tal vez el candidato descubra pronto que no tiene posibilidades de triunfo, pero no debe exteriorizar la sensación de derrota. Replanteando los objetivos (no ganar sino haber “dado pelea”, por ejemplo), debe mostrarse optimista, sonriente, de buen ánimo. Lo último que debe hacer es “lucir perdedor”, victimizarse, gritar a los cuatro vientos que “le robaron la victoria” y, si fue una contienda justa, no aceptar los resultados.
Actualmente, el ex alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, candidato presidencial y senatorial, se muestra “derrotado”, aunque aún no se han celebrado las elecciones generales. Durante varios meses las encuestas de intención de voto le favorecían: estuvo primero, pese a que no tenía un porcentaje “arrollador”. Por detrás de él venía doña Keiko F., ex congresista y candidata presidencial por cuarta vez. Sin embargo, desde hace un mes la distancia porcentual entre ambos se redujo y, conforme a los últimos sondeos de intención de voto, Doña Keiko está primera seguida muy de cerca por un López Aliaga en descenso.
López Aliaga sabe o intuye que el codiciado triunfo electoral se le escapa de las manos y ha redoblado su apuesta: está gastando muchísimo dinero en publicidad electoral. A su vez, concedió una entrevista en streaming al periodista Marco Sifuentes, un portaestandarte mediático “progre”. López Aliaga había insultado muy feo a Sifuentes desde la red social X (otrora Twitter), pero el periodista le hizo una entrevista respetuosa. Cuando Sifuentes preguntó temas espinosos como los “trenes chatarra” o el proyecto Vía Expresa Sur, López Aliaga se exaltó desapareciendo la sonrisa bonachona de su rostro y volviendo a ser el mismo iracundo y prepotente de siempre.
Últimamente, a López Aliaga se le ve agotado, deslucido. La imagen fresca que alguna vez tuvo desapareció. Está iracundo. No puede ocultar que ya está fastidiado con la campaña electoral. Él quisiera que, de una vez, lo proclamen ganador, pero así no son unos comicios libres. Empieza a angustiarse. No entiende que tantas mentiras, tantos insultos, tanta agresividad, tanta palabrería vacía y sin sentido, tanta egolatría le están pasándole factura. Alcanzó un techo en las preferencias electorales y, una vez ahí, sólo le quedaba descender.
Por eso López Aliaga vocifera disparates como pedir a sus personeros que “asalten las mesas de sufragio” el día de las elecciones, denunciar que la Oficina Nacional de Procesos Electorales está en contubernio con las empresas encuestadoras y Doña Keiko para “robarle” su imaginaria victoria en primera vuelta o amenazar a la Cámara de Diputados que surja de las ánforas con disolverla (el Senado será indisoluble) si no se somete a sus designios cuando él esté en el poder.
Cuando
pasen estas elecciones y López Aliaga, al menos, consiga su senaduría, en vez
de “hacer berrinche” público como niño chiquito, debería reflexionar por qué
estuvo arriba en las preferencias electorales y ha acabado abajo.
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