¡Hernando de Soto, acertó!

Recientemente, el economista Hernando de Soto concedió una entrevista al diario El Comercio, que ha causado cierta polémica en la opinión pública.

A parte de criticar implacablemente al Presidente de la República y su Gobierno y repetir el estribillo opositor de “las inversiones paralizadas”, ha señalado una verdad que pocos políticos, intelectuales o periodistas se han percatado: tras los mal llamados “conflictos sociales” en torno a la explotación minera y de hidrocarburos están antiguos militantes de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), culpables de dos tercios de los miles muertos y desaparecidos durante el conflicto armado interno 1980-2000.

¿Cómo llegó De Soto a esa conclusión?. Invitó a dirigentes anti-mineros de izquierda radical a reunirse con él en la sede de su Instituto Libertad y Democracia (ILD), fundado hace muchos años. Parece que allí, entre tazas de café, gaseosas, empanadas o galletas, varios causantes de paralizar violentamente el proyecto minero Conga en 2011 y 2012 (a cargo de la empresa minera Yanacocha, en Cajamarca) y alentar las últimas protestas contra el proyecto minero Tía María (a cargo de la empresa minera Southern Perú Cooper Corporation, en Arequipa) revelaron sus íntimos deseos anticapitalistas y antiimperialistas al economista, cual confesor católico. Hasta dejaron una fotografía posando todos juntos en la sede del ILD para la posteridad.

De Soto, a quien jamás caracterizó la humildad, ha salido a proclamar los hallazgos de su investigación y, de inmediato, los “progres” defensores del mito de los “conflictos sociales” (#NODIGAMOSCONFLICTOSSOCIALES) lo han atacado duramente. Hasta el Ministro del Ambiente ha criticado a De Soto. Por su parte, el Presidente del Consejo de Ministros le ha recordado al economista sus pobres credenciales democráticas, porque De Soto colaboró con la dictadura de Alberto Fujimori tras el golpe de estado del 05 de abril de 1992.

Curiosamente, los aludidos por De Soto no se han defendido públicamente ni han dicho nada. ¿Será que esos dirigentes de izquierda radical están avergonzados del pasado terrorista, que hasta incluye años de condena en cárceles?. Por el contrario, ¿ya se sienten tan poderosos tras sus “movimientos sociales” que no les interesa la revelación de sus historiales dentro de Sendero y el MRTA?.

Sin embargo, De Soto acierta en dos cuestiones fundamentales: primero, ¿por qué tras los mal llamados “conflictos sociales” están los mismos rostros “rojos”, la misma prédica pseudo-ambientalista, la misma ideología anticapitalista y antiimperialista, la misma forma subversiva de protesta, la misma nostalgia por la década populista-estatista-colectivista de 1970 y la misma izquierda radical inepta para ganar elecciones?. Segundo, ¿por qué la democracia restaurada en 2001 y los partidos políticos han sido incapaces de enfrentar eficazmente los mal llamados “conflictos sociales” que dificultan el crecimiento económico y retrasan el progreso?.

Si alguien acierta a responder, enhorabuena. Quizá ya lo hizo De Soto.

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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