Una Contraloría, una reseña

En estos días televisión, radio y prensa escrita mencionan una entidad pública en el Perú, frecuentemente, subvalorada o menospreciada: la Contraloría General de la República.

Creada en 1929, la Contraloría General de la República es el órgano rector del Sistema Nacional de Control. Supervisa la ejecución del presupuesto público, las operaciones de deuda pública y el manejo de bienes y recursos públicos. A pesar de la antigüedad, a partir de la Constitución de 1979 la institución adquiere relevancia política, que se ha mantenido con la Constitución de 1993.

En 1980, instalado el gobierno de Acción Popular, el Senado nombró contralor a Miguel Ángel Cussianovich, viejo militante acciopopulista. A él correspondió dotar a la Contraloría con los subordinados necesarios para la autonomía constitucional recién adquirida.

Alguna vez el periodista César Hildebrandt describió a Cussianovich como un hombre que “tumbaba puertas”, pero serían las puertas equivocadas. Era vanidoso, intrigante y vengativo. Gustaba de la atención mediática y posaba de “implacable”, pero no lo fue mucho frente los grandes casos de corrupción de entonces.

En 1987, bajo el gobierno del APRA, terminado el septenio de Cussianovich, el Senado nombró a Luz Aurea Sáenz. Su gestión fue malísima: politizó la institución, se rodeó de una “camarilla” aprista y nada hizo ante la creciente “putrefacción” de la administración pública en ese tiempo. Tras el golpe de estado del 05 de abril de 1992 la dictadura de Alberto Fujimori botó a Sáenz y la sustituyó por María Herminia Drago, una independiente decente que quiso “moralizar” la Contraloría despidiendo gente de las épocas de Cussianovich y Sáenz. Un año después Drago terminaría alejada de Fujimori y los fujimoristas del Congreso Constituyente Democrático (CCD), a quienes acusó de “no querer” luchar contra la corrupción.

En 1993 el CCD nombró contralor a Víctor Caso Lay, pero sólo fue una “marioneta” al servicio de la dictadura. Un instrumento más de la “mega-corrupción” organizada de Fujimori y su asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos. En 2013 Caso Lay sería extraditado desde El Salvador, juzgado y sentenciado. En el año 2000 la dictadura nombró a Carmen Higaona, pero duraría poco. Al año siguiente, en democracia, durante el gobierno de Alejandro Toledo, la Comisión Permanente del Congreso removió a Higaona y la reemplazó por Genaro Matute.

Matute tuvo cierto éxito “reconstruyendo” la Contraloría, pero falló en la eficacia de la lucha anticorrupción. En 2008, bajo el gobierno de Alan García, la Comisión Permanente nombró contralor a Fuad Khoury. Aunque profesional competente, hoy se le reprocha inacción previniendo o anticipando el escándalo internacional de corrupción Odebrecht en el Perú. Pese a cuestionamientos, el año pasado, acabando el gobierno de Ollanta Humala, Edgar Alarcón sucedió a Khoury y así llegamos al presente.

Personalmente, la Contraloría General de la República es más importante que un contralor o una contralora y el imperio de la ley está por encima de consideraciones políticas.

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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