El APRA
como partido político enfrenta su hora más dura en cuarenta años, de cara a la
elección parlamentaria del venidero verano.
Ausencia de
liderazgo fuerte, dirigencia dividida y enfrentada, militancia desmoralizada,
simpatías mínimas, escasa votación popular y descrédito casi absoluto. Atrás,
mucho tiempo atrás, quedaron los pañuelos blancos, los saludos rituales, los “mítines
de la fraternidad”, los canticos apristas, la disciplina, etc. Salvando
distancias, el APRA vivió esta debacle en el pasado.
A
diferencia de sus primos ideológicos (Acción Democrática en Venezuela, el
Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia o el Partido Liberación
Nacional en Costa Rica), el APRA en el Perú nació con una fuerte impronta
caudillista. El caudillo era Víctor Raúl Haya de la Torre, líder fundador, a
quienes los “compañeros apristas” llamaban el “Jefe”. Ese caudillismo sería el
“pecado original” del APRA y marcaría su devenir histórico.
¿Qué
implicó el férreo dominio de Haya de la Torre en el APRA?. Primero, endureció a
la militancia aprista entorno al líder. Largos años de represión, persecución
política, encarcelamiento, destierro y exilio durante las distintas dictaduras
forjaron la “identidad aprista”, al mismo tiempo que reforzaron el caudillaje
de Haya de la Torre. En democracia, la expectativa que el líder pudiera llegar
al poder o si quiere “arañarlo”, consolidaba la posición del “Jefe”.
Haya de la
Torre era implacable dentro del APRA. Los dirigentes podían discrepar, pero todos
se le sometían. El “Jefe” esperaba lealtad incondicional. Por ejemplo, Haya de
la Torre exigía a senadores, diputados o constituyentes apristas presentar
“cartas de renuncia” al partido antes de jurar a sus cargos. El Perú es caudillista,
pero la autoridad del caudillo aprista estaba envuelta en una mística
partidaria que lo diferenciaba -y hasta enemistaba- con otros caudillos.
Aunque los
apristas recuerden a Haya de la Torre como intelectual, fue esencialmente un
político. Lo movía un ideal transformador, pero como todo político ambicionaba
el poder. Para Haya de la Torre el APRA era su medio de lograrlo, pero en el
camino lo acabaría vaciando del contenido ideológico. El APRA terminó
convertido en lo que Haya de la Torre quería que fuera para llegar al poder. Si
en 1931 el aprismo era “socialista democrático”, para 1945 dejó el programa
revolucionario por un plan reformista. Para 1956 y 1962 el APRA era más “socialdemócrata”
con plan reformista. Sin embargo, para 1963, 1966 y 1967, los años de la “Coalición
del Pueblo”, ya ni era reformista y más parecía defensor del status quo.
Para la
década de 1970 Haya de la Torre intentó volver al APRA hacia sus orígenes, pero
había dado demasiadas volteretas y había perdido cierta credibilidad. Aún tenía
apoyo popular. A pesar de algunas “bajas” (Manuel Seoane murió en 1963 y Luis
Felipe de las Casas renunció), la dirigencia (Luis Alberto Sánchez, Armando
Villanueva, Andrés Townsend, Ramiro Prialé, Carlos Manuel Cox, Fernando León de
Vivero, Carlos Enrique Melgar, etc.) continuó incondicional hasta su muerte en
1979 cuando emergieron las disputas internas. Una facción “socialista
democrática” frente a otra “socialdemócrata”. Saldría victorioso un joven
abogado, hijo de apristas, pupilo de Haya de la Torre, quien había destacado
como orador en la Asamblea Constituyente y entonces era diputado. Con él
ejerciendo un liderazgo parecido al viejo caudillo comenzaría otro ciclo
político para el APRA, pero repitiendo muchos errores de antaño.
Ojalá para
el APRA, se pueda iniciar de cero.

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