¿Por qué la izquierda radical en el Perú se opone a
la modernización económica?, ¿por qué si no alcanza el poder por las urnas, quiere
gobernar desde la calle?, ¿por qué se atrinchera en la ideología y rehúsa
cambiar, salvo excepciones?.
Quien les habla y algunos amigos nos hicimos esas
preguntas mientras veíamos por TV cómo la izquierda radical amenazaba con
“incendiar” Iquitos si el Congreso no aprobaba un proyecto de ley facultando a
la petrolera estatal PETROPERU a explotar el lote 1AB o 192, sin importarle consideraciones
legales, técnicas o económicas. Llegamos a cinco explicaciones que se remontan
al pasado de la izquierda radical.
Primera explicación, el dogmatismo. Por obra del
periodista Eudocio Ravines, nació el Partido Comunista en 1930 renegando de los
postulados del escritor José Carlos Mariátegui, un marxista-leninista con una
apertura mental tan grande que repensó las tesis socialistas conforme a la
realidad peruana. Con Ravines y su sometimiento al Komintern soviético, se impuso en la izquierda radical la rigidez
doctrinaria. ¡Mantenerla antes que enmendarla!.
Segundo, el resentimiento social. El Partido Comunista
nunca pudo competir con los “social-burgueses” del APRA. A partir de entonces,
la izquierda radical entendió que jamás será una "fuerza popular", a
pesar que se llene la boca hablando de “el Pueblo”. Esto alimentó el
resentimiento por incomprensión. También produjo la división entre quienes
seguían tercos con la ideología y quienes se moderaban oportunistamente. Las frustradas
elecciones constituyentes de 1949 impidieron que el Partido Comunista aprendiera
temprano a conocer las preferencias del electorado.
Tercero, el radicalismo destructor. A raíz de
influencias estalinista, maoísta, trotskista y castrista en las décadas de 1950
y 1960, la izquierda radical pasó de propositiva a reactiva. Desde entonces le
encanta armar “comités de lucha” y “frentes de defensa”, convocar “paros”,
destruir propiedad pública y privada y violar la ley impunemente. Aprendió que
necesita aliados complacientes (Acción Popular), adversarios débiles (Partido
Popular Cristiano), “tontos útiles” (“progres”) y una democracia que no imponga
orden.
Cuarto, la fantasía revolucionaria. La dictadura del
general Juan Velasco Alvarado (1968-1975) fueron los “buenos tiempos” de la
izquierda radical, porque vio que sí es posible acabar con la “democracia
capitalista”, las “libertades burguesas” y “la economía dependiente”. Por eso
sueña con reeditar la década de 1970 o hacer lo que no hizo en esa época.
Último, el personalismo. Lo aprendió de don Alfonso
Barrantes, con quien consiguió la Alcaldía de Lima y convertirse en la cuarta
fuerza partidocrática en la década de 1980. Nada hubiese logrado sin Barrantes
y poco o nada logró después sin él. La izquierda radical ya era antropomórfica:
necesita un candidato para colgársele y llegar al poder. Ocurrió en 1990 con Alberto
Fujimori, pero éste los “traicionaría”.
Así llegamos al presente. Que no sorprenda lo que
ocurre hoy, porque viene del ayer y vuelve enigmático el mañana.

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