Bienvenidos a la “narco-guerra”


Pensar que todo comenzó con el ataque nocturno a un automóvil de lujo en el distrito limeño de San Miguel. La violencia criminal de estilo mexicano se está reproduciendo en el Perú.
 
Secuestros y asesinatos. Ajustes de cuentas. El centro de esta vorágine ha sido Gerard Oropeza, un empresario de la limpieza, quien habría acumulado una fortuna casi de magnate en poquísimo tiempo y -todo parece indicar que sí- mediante el narcotráfico y el lavado de activos. Oropeza está prófugo, su amigo y socio Patrick Zapata fue asesinado por la banda rival de Oropeza, cuyo líder Gerson Gálvez también está en la mira de la justicia. En este conflicto con muertos de los bandos, el sicario (asesino por encargo) tantas veces denunciado por los medios de comunicación en el pasado se ha vuelto rentable y útil.
 
Oropeza, a quien apodan “Tony Montana” (por el personaje que el actor estadounidense Al Pacino encarnó en la película “Cara-cortada”, de 1983), hacía alarde de dinero y buena vida. Noches de discoteca, licores caros, viajes exóticos, ropa costosa, mujeres, fiestas espléndidas (su cumpleaños contó con orquesta de salsa y desfile de modelos), colección de automóviles de lujo, etc. Incluso vivía en una mansión de La Molina, que hasta 2003 perteneció al empresario José Enrique Crousillat, vinculado a la red de corrupción montesinista, que la Superintendencia de Bienes Nacionales y la Comisión Nacional de Bienes Incautados (CONABI) no saben cómo la obtuvo "Tony Montana". El estilo de vida y la prosperidad de Oropeza eran asombrosos para quien no llegaba a los 35 años de edad y venía un vecindario pobre de San Juan de Lurigancho.
 
Oropeza heredó la empresa de limpieza de su padre, la cual desde el gobierno de Alan García tenía contratos con el Ministerio Público, el Poder Judicial, la Contraloría General de la República, el Jurado Nacional de Elecciones, etc. Desde 2011 bajo el actual Gobierno nacional, la fortuna de “Tony Montana” se multiplicó considerablemente y se apoderó de la mansión de La Molina, evidenciando su infiltración política. Oropeza era militante del APRA, otro de sus socios lo era del Partido Popular Cristiano, pero los “contactos” con fiscales, jueces, abogados y políticos le sirvieron para burlar a la Policía Nacional, tanto en el tráfico ilícito de drogas por el puerto del Callao como para evitar ahora su captura.
 
El prófugo pasó por Piura y se sospecha que habría fugado hacia Ecuador o Bolivia, mientras se descubren más inmuebles, negocios y conexiones políticas de Oropeza. A diferencia de los casos Martín Belaunde Lossio y Rodolfo Orellana, el caso Gerard Oropeza no es político sino delincuencial y eso aumenta la sensación de inseguridad en el país. ¿Alguien puede sentirse seguro en un país con gente lumpen dispuesta a matar por dinero?. La mayoría de peruanos y peruanas ya se siente indefensa frente a la delincuencia organizada y común dedicada al robo, el secuestro o la extorsión. El sociólogo Federico Tong cree que la naciente “narco-guerra” tendrá consecuencias en la economía.
 
Que Dios proteja al Perú.
 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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