Venezolanos y Korina Rivadeneira

Podría hablar del “diálogo” entre el Presidente de la República y la jefa de la mayoría absoluta opositora en el Congreso, pero hablaré sobre otro tema.

Literalmente, Venezuela es un manicomio. A la inflación galopante, la escasez y el desabastecimiento de alimentos y medicinas, la falta de divisas y el colapso de los servicios públicos se agregan la delincuencia rampante, la violencia política y la limitación a la libre expresión por una dictadura corrupta vinculada al narcotráfico y el terrorismo internacional. Miles de venezolanos y venezolanas han emigrado. Muchos se han ido a los Estados Unidos, Canadá o España. Otros eligieron México, Panamá, Costa Rica, la República Dominicana, Colombia, Ecuador, Chile, Argentina, Uruguay o Brasil.

En el Perú se contabilizan más de 3,000 mil venezolanos y siguen llegando, animados por la estabilidad política, el crecimiento económico, la mayor sensación de seguridad y la relativa paz social. También por las facilidades migratorias que otorgó el Gobierno nacional el año pasado. Hay venezolanos llegados antes de la “hecatombe” en Venezuela y recientemente. En 2009 la joven Korina Rivadeneira llegó para trabajar como modelo y anfitriona. En los últimos años se volvió parte del star system peruano por participar en los programas reality show de la televisión. No obstante, sus últimos oficios iban más allá de su estatus migratorio y tras un tiempo para regularizar su situación legal (no lo hizo), la Superintendencia Nacional de Migraciones revocó su residencia y ordenó a la Policía Nacional expulsarla del país.

Entonces Rivadeneira recorrió estudios de TV “victimizándose”, mientras los días y las semanas pasaban en su contra. Incluso se casó con el piloto automovilístico Mario Hart para quedarse en el país. Llegado el momento de expulsarla, la modelo pasó a la clandestinidad. A pesar que ella y su marido están delinquiendo, publicó por la red social Instagram un video desafiante, donde se vuelve a “victimizar”, reta a las autoridades migratorias y se encapricha que no dejará el Perú. El periodista “Beto” Ortiz entrevistó desde la clandestinidad a Rivadeneira y reprochó en TV que la Policía Nacional la persiga y no a delincuentes comunes o corruptos prófugos. No me interesan las opiniones de Ortiz (personalmente, un “renegado”), pero sí las repercusiones de este caso.

Si Rivadeneira se saliese con la suya, habrá peruanos y peruanas que se indignarían. No sería solo una extranjera delinquiendo impunemente sino una venezolana “ilegal”, “tramposa” y “malagradecida” burlándose del Perú y empezarían a ser señalados como iguales a ella todos sus compatriotas. Dios no quiera, pero podría ser germen de un futuro sentimiento anti-venezolano entre los peruanos.

Desde el discurso del general Antonio Guzmán Blanco ante su Congreso en 1881 denunciando el expansionismo chileno hasta la acogida a inmigrantes peruanos llegados en las décadas de 1970 y 1980, Perú debe mucho a Venezuela y hoy está saldando algo de esa deuda histórica. A esa chica ególatra y embustera no le debemos nada.

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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