Varias semanas atrás surgió una polémica en torno a la congresista María del Carmen Alva.
A raíz que el “hombre sin sombrero”, quien ocupa la Presidencia de la República, ratificó en las Naciones Unidas que el Perú “reconoce” a la “República Árabe Saharaui Democrática”, Alva, quien preside la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso, dijo que la “República...” solamente eran “cuarenta carpas en el desierto”. Supongo que Alva quiso decir que la “República Árabe Saharaui Democrática” no es más que un invento del Frente Polisario, una organización terrorista de signo comunista, aliada de Argelia y con apoyo de los comunistas de España, que se opone a la ocupación del Sahara Occidental por Marruecos desde 1976. Hablar de los saharauis no equivale a hablar del Frente Polisario. Menos de la “República Árabe Saharaui Democrática”.
De inmediato, la izquierda radical peruana tuvo una de sus típicas poses de “indignación”. “¡Alva ha faltado el respeto a los saharauis!”, “¡Solidaridad con el pueblo saharaui!”, gritaron numerosos “rojos” en los medios de comunicación y las redes sociales Facebook y Twitter. Aunque Alva sea una política antipática, ¿de cuándo acá tanto interés en el Sahara Occidental?. ¿Por qué la “solidaridad” con los saharauis?, ¿por hablar español como nosotros?. Pues la izquierda radical no se ha solidarizado con otros pueblos de habla española, en el vecindario de América Latina. Entonces, ¿por qué la “solidaridad”?. ¿Por ser musulmanes?. A la izquierda radical no la hemos visto solidarizarse con los manifestantes en Irán (especialmente, mujeres jóvenes) que resisten la brutalidad de la teocracia islámica imperante desde 1979.
Incluso el ex congresista Richard Arce, a quien considero el único “rojo” decente, porque no se subió al coche del “hombre sin sombrero” y es enemigo del corrupto ex presidente regional de Junín, Vladimir Cerrón, comunista estalinista, y la ex congresista Verónica Mendoza, comunista afrancesada, también se sumó a la “solidaridad” con el pueblo saharaui.
El politólogo Alberto Vergara Paniagua ha llegado a una conclusión decepcionante para él y otros intelectuales similares: la izquierda radical peruana no tiene principios, convicciones ni ideario. Sólo tiene su anti-fujimorismo, hoy reconvertido en “anti-derechismo”. Por eso hoy no vemos esa actitud “quisquillosa”, “puntillosa” y “recalcitrante” de muchísimos intelectuales o activistas de izquierda radical contra el “hombre sin sombrero” y su incompetente, corrompido e ideologizado Gobierno, como sí la veíamos en otros momentos políticos desde el retorno a la democracia en 2001.
¿Dónde quedaron las “marchas contra la corrupción”, las “lavadas de bandera nacional” o los cacerolazos contra los corruptos, organizadas por la izquierda radical, tan frecuentes entre 2017 y 2020?. En el recuerdo, porque quien está en el Palacio de Gobierno no es un enemigo político.
Excepto
Arce, nadie en la izquierda radical es consciente ahora que nada volverá a ser
igual para ésta después del “hombre sin sombrero”. Se percatarán demasiado
tarde.
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