Bolivia para el Perú ("ESPECIAL")


Quien a cuchillo mata, a cuchillo muere. Frase perfecta para el ascenso y la caída de Evo Morales en Bolivia.

Morales, autócrata espurio que gobernaba Bolivia desde 2006, fue forzado a renunciar tras un paro cívico nacional de 20 días y violentas protestas contra el fraude perpetrado en las elecciones generales de octubre pasado para conseguir su tercera reelección, ya certificado por una auditoría de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Por supuesto, los elementos decisivos en la caída de Morales fueron el motín policial en Cochabamba, Chuquisaca, Santa Cruz, Beni, Oruro, Tarija y La Paz. Entonces convocó a un “diálogo”, pero nadie quiso dialogar con él. Posteriormente, vino el informe preliminar de la OEA sobre el fraude electoral, que forzó a Morales la convocatoria a nuevas elecciones generales, aunque sin fecha ni descartando una nueva candidatura, que había sido rechazada en un referéndum de 2016. Para colmo suyo, los militares rehúsan, primero, intervenir en el motín policial, después reprimir las manifestaciones contrarias a Morales y, por último, le piden su renuncia. Todo terminó. Morales huyó en su avión presidencial desde El Alto hasta la zona cocalera de Chapare, su terruño de donde nunca debió salir, y allá anunció su renuncia y la renuncia de su segundo, Álvaro García Linera, siniestro ideólogo “rojo” con pasado guerrillero. Al final, México concedió asilo político a Morales y envió un avión oficial a recogerlo. Se fue con García Linera, su familia y dos personas más.

Las manifestaciones de júbilo estallaron en La Paz, Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba, Sucre, Oruro y otras ciudades. En El Alto, bastión político de Morales, hubo enfrentamientos con policías, saqueos e incendios. También en La Paz, Cochabamba y Oruro. Hubo una avalancha de renuncias de ministros, diputados, senadores, alcaldes y otros funcionarios afines a Morales. Hay varios asilados en la embajada mexicana. Cuba, Venezuela y Nicaragua denunciaron “golpe de estado”. Posiblemente, la senadora Jeanine Áñez asuma el poder dentro de la línea sucesoria o se conforme una “junta de gobierno”, como pide el empresario Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Cívico de Santa Cruz y principal artífice de la caída de Morales. En principio, debe haber una amnistía para todos los presos políticos, exiliados y perseguidos por Morales.

En el Perú, mientras Torre Tagle pide la normalización de la vida política boliviana y la pronta realización de comicios libres, la izquierda radical derramó algunas lágrimas por Morales. Mediante la red social Twitter la ex congresista Verónika Mendoza y el suspendido presidente regional de Junín, Vladimir Cerrón, hablaron de “golpe de estado”, violencia opositora, persecución política y otras sandeces. También el diario La República y demás “rojos” y “rojimios”. Poca o ninguna mención al fraude electoral detectado por la OEA y el rechazo ciudadano.

Con la caída de Morales finaliza su proyecto político “neo-indigenista”, al cual se adherían no pocos “rojos” peruanos, que ha acabado en corrupción, desinstitucionalización, despilfarro, politiquería y repudio popular. También el perverso método político usado por Morales para llegar al poder: utilizar la protesta callejera violenta y crecientemente feroz -si había muertos, mejor- para socavar y tumbarse gobiernos. Él mismo lo hizo en 2003 cuando era diputado con el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada y 2005 con el gobierno de Carlos Mesa. Todo excusado en luchas reivindicativas, enfrentamiento entre connacionales (Morales era disociador nato), que sólo fueron pretexto para tomar el poder. En el Perú hubo “rojos” que quisieron copiar el método y aunque fallaron, no lo descartaban como accionar político.

Qué viva Bolivia, porque la democracia allá beneficia a la democracia en el Perú.


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