En la opinión pública hay la (pequeña) esperanza en el nuevo Congreso que surgirá de las elecciones generales del próximo año.
Algunas voces depositan sus esperanzas en la bicameralidad restablecida. Existe cierta nostalgia idealizada por el Senado y la Cámara de Diputados que existieron hasta el golpe de estado del 05 de abril de 1992. Otras voces se esperanzan en el resultado de los comicios y los senadores y diputados no sean quienes integran el putrefacto Congreso ni sean como los actuales congresistas. Por supuesto, están quienes no tienen ninguna esperanza y creen que el nuevo Congreso será similar a los anteriores desde 2016.
Según afirmaciones del abogado César Delgado Güembés, quien fue servidor parlamentario en la década de 1980 hasta 1992, el nuevo Congreso será peor que todo lo visto por nosotros hasta ahora. Como dije en esta columna de opinión, la reforma a la Constitución de 1993 que restableció la bicameralidad, contra la voluntad popular libremente expresada en el Referéndum de 2018, es tan mala que volverá “tortuoso” y “exasperante” el procedimiento legislativo. Por sus distintos orígenes electorales, la Cámara de Diputados puede convertirse en antagonista del Senado. Dudo mucho que los diputados acepten tranquilamente que sus iniciativas legislativas sean enviadas al basurero por los senadores. Aunque el Senado tendrá amplio control sobre los actos administrativos del Poder Ejecutivo, el enfrentamiento entre senadores y diputados debilitará al Congreso y entorpecerá su actividad. El fantasma del receso parlamentario de 1947 rondará el Palacio Legislativo.
Siguiendo a Delgado Güembés, si alguien cree que el nuevo Congreso será una ruptura con el actual, está muy errado. Tan pésima es la reforma constitucional sobre la bicameralidad que el “ilegítimo” e impopular Congreso debió aprobar una segunda reforma constitucional para redactar los reglamentos interiores del nuevo Congreso y las dos cámaras legislativas. Ni siquiera la Asamblea Constituyente en 1978 aceptó el proyecto de reglamento interior que la “dictablanda” del general Francisco Morales Bermúdez aprobó y las nuevas cámaras legislativas deberán aceptar que el putrefacto Congreso les apruebe sus reglamentos. Existen los reglamentos interiores de 1988 vigentes hasta 1992, que nunca fueron derogados.
Con el pretexto de los reglamentos, el putrefacto Congreso quieren legar al nuevo Congreso toda su burocracia, su despilfarro de dinero público, sus privilegios y su venalidad. ¿Dónde habrá estado el cambio?. Mejor nos hubiéramos quedado con la unicameralidad, pero reformada. Las alimañas que “se cargaron” la voluntad popular mayoritariamente expresada en las ánforas (90.51% votó NO y 9.49% votamos SI) y los ilusos que les aplaudieron desde los medios de comunicación y la academia nos han de llevar a un callejón donde la única salida sería un “quiebre institucional” y un proceso constituyente.
Un consejo
temprano a quienes se conviertan en senadores o diputados: no se acostumbren
demasiado al escaño. Probablemente,
no terminen el quinquenio.
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