En medio del alboroto surgido por
el gol anulado a Perú, Víctor Melasio Campos, guardián de prostíbulos y más
conocido como “Negro Bomba”, saltó al terreno de juego y corrió en busca del árbitro
para agredirlo. Pesaba 95 kilos por lo que fue necesario lanzarle a los perros
policías para detenerlo.
La Guardia Civil alcanzó al
agresor y lo redujo propinándole una feroz como desigual paliza. Esto enardeció
aún más a los aficionados que quisieron cobrar venganza no sólo contra Pazos,
sino también contra los policías que en ese momento seguían propiciando el
desorden. Edilberto Cuenca fue el siguiente hincha en ingresar por el mismo
sitio por donde saltó Negro Bomba a la cancha: la esquina entre las tribunas de
oriente y sur.
Allí apareció otro de los
protagonistas de la tragedia. El jefe policial, comandante Jorge de Azambuja,
dio la orden de disparar bombas lacrimógenas contra las tribunas. Se dispararon
dos contra oriente, dos contra sur y muchas contra la tribuna norte. Mientras
el árbitro y los jugadores argentinos eran escoltados a los camarines por
agentes de la Guardia Civil en medio de una lluvia de proyectiles, algunos
oficiales lanzaron las bombas lacrimógenos a las tribunas para tratar de
contener la ira de los aficionados. Se lanzaron más bombas contra norte, porque
allí los aficionados fueron los más enardecidos. En un intento por calmar los ánimos,
Azambuja, que tenía fama de duro e inflexible, se acercó a la tribuna norte.
Los hinchas, al verlo, se violentaron mucho más. La humareda producida por las
bombas no sólo provocó la molestia ocular sino también el pánico. Miles de
hinchas trataron de ganar la calle. Otros se lanzaban desde la tribuna
intermedia a la tribuna baja descolgándose por entre los avisos publicitarios.
Quienes trataron de salir se
encontraron con que las puertas del estadio estaban cerradas. Quienes llegaban
detrás de los primeros siguieron presionando en el afán de escapar de los gases
lacrimógenos. La estampida humana produjo escenas desgarradoras. Decenas y
cientos de aficionados cayeron al piso y fueron pisoteados por la horda. Algunos
de ellos se detuvieron a buscar a sus familiares caídos y de inmediato se sumaron
a la lista de quienes terminaron tumbados en el piso y pisoteados. Los
jugadores estuvieron dos horas en el vestuario antes de dejar el estadio.
Aquella tarde, fuera del estadio habían quedado miles de hinchas que no habían
podido ingresar al no haber conseguido entradas. Algunos dicen que por eso se
cerraron las puertas. Otros sostienen que el responsable de las puertas se fue
del estadio a ver una carrera de autos que se realizaba cerca. En todo caso,
los hinchas encontraron una reja metálica donde murieron.
En un documento oficial de la
Guardia Civil, se responsabilizó a la “agitación comunista” de los hechos. Un
informe del juez instructor Benjamín Cisneros responsabilizó, sin embargo, al
Supremo Gobierno. Este informe perdido en el camino. La oposición pidió la
interpelación y censura del Ministro de Gobierno y Policía en la Cámara de
Diputados.


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