Treinta años de la (fallida) nacionalización bancaria ("ESPECIAL")

Este 28 de julio se cumplen treinta años de un suceso, que fue un punto de inflexión en la historia política e ideológica del Perú: el intento de nacionalización de la banca.

Por historia, en 1987 el gobierno del APRA intentó nacionalizar bancos, entidades financieras y compañías de seguro, que iban a pasar del incipiente sector privado a propiedad y administración del Estado, el cual tenía entonces una amplia actividad empresarial en la economía. Sorprendentemente, la medida provocó un espontaneo y creciente rechazó ciudadano. A la cabeza de esta protesta cívica estaban varios profesionales e intelectuales independientes. Entre ellos, el escritor Mario Vargas Llosa. Así germinaría el movimiento Libertad y, posteriormente, la alianza electoral FREDEMO: promotores del pensamiento liberal, el cual con el devenir del tiempo se ha ido difundiendo por amplios sectores de la sociedad peruana, para disgusto de populistas, estatistas y nacionalistas.

Veamos el hecho desde otro enfoque. En principio, ¿por qué se intentó la nacionalización?. El discurso oficial entonces era la necesidad de “democratizar el crédito”. Pura “justicia social”. Bravo, pero la realidad era diferente. En esa época, dos terceras partes del sistema financiero estaban en poder del Estado. Tres de los cinco grandes bancos (Banco Continental, Interbank y Banco Popular) habían sido nacionalizados en la década de 1970. A su vez, existía la “banca de fomento” estatal: Banco Agrario, Banco de la Vivienda, Banco Industrial, Banco Minero y Banco Central Hipotecario. Por último, el Estado también poseía pequeños bancos regionales.

Lo que pretendió el gobierno aprista era reforzar el control cambiario de entonces evitando una mayor fuga de divisas del sistema financiero y utilizar ahorros y títulos valores para cubrir el abultado déficit fiscal y reactivar la economía.

¿Quiénes apoyaron la nacionalización?. Por supuesto, el APRA, aunque no únicamente. Senadores como Armando Villanueva y Luis Felipe de las Casas y diputados como Luis Negreiros Criado fueron muy entusiastas. Al contrario, a los senadores Luis Alberto Sánchez y Ramiro Prialé no convencía del todo. Aunque recelaban del gobierno aprista, “rojos” y “rojimios” de la alianza Izquierda Unida estaban encantados con la medida y quería ir más allá, porque les recordaba la década de 1970, la época “revolucionaria” de las nacionalizaciones de empresas, que aún hoy recuerdan con nostalgia. Acción Popular fue oportunista: rechazó la medida sólo cuando fue evidente la impopularidad. Únicamente, el Partido Popular Cristiano se opuso desde el inicio a la nacionalización.

¿Por qué fracasó el intento?. No fue por el larguísimo debate en el Senado (la Cámara de Diputados aprobó rápido la nacionalización), las acciones de amparo ante el Poder Judicial ni la resistencia aparatosa de los banqueros sino por una burguesía (clase media) empobrecida y empequeñecida que no soportó más la asfixia de un Estado-empresario gigante, voraz, corrupto e inepto.

He ahí el legado de hace treinta años.

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