En la década de 1970 el economista y sociólogo izquierdista brasileño
Ruy Mauro Marini, uno de los creadores de la conocida Teoría de la Dependencia,
acuñó el término “subimperialismo brasileño”.
Marini se refería a la convergencia de intereses entre
políticos de derecha, la dictadura militar instalada en 1964, el gran
empresariado y los poderosos hacendados para la expansión geopolítica de Brasil
hacia el sur de América Latina y las entonces colonias de Portugal en África.
Pese a que el intelectual seguía creyendo que Brasil aún era “víctima” del
imperialismo de los Estados Unidos, los brasileños estaban desarrollando su
propio poder “subimperialista”.
Personalmente, Marini acertó en su análisis, pero no
debido a sus tesis marxistas o su visión estructuralista de las relaciones
internacionales. Acertó, porque los grandes industriales y terratenientes
brasileños son muy mercantilistas. En alianza con los militares derrocaron a la
monarquía constitucional en 1889 para favorecer sus intereses. Estuvieron a
lado de los presidentes proteccionistas y estatistas Getulio Vargas y Juscelino
Kubitschek. Desde 2002 hay una nueva convergencia
empresarial-militar-latifundista, hoy con políticos de izquierda, bajo los
gobiernos de Luis Ignacio Lula Da Silva y Dilma Rousseff.
Desde 2002 Lula y después Rousseff han utilizado el
Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) para promover
concentraciones y fusiones formándose grandes conglomerados, que siguen
haciendo millonarios negocios dentro de Brasil corrompiendo políticos e
instituciones (por eso los mega-escándalos de corrupción como “Mensalao”,
“PETROBRAS” o el reciente “Lava Jato”), pero también en países vecinos, con
las mismas mañas de casa.
La Organización para la Cooperación Económica y el
Desarrollo (OCDE) ha criticado duramente a Brasil, porque el BNDES otorga
préstamos con dinero público, por ejemplo, a poderosas constructoras como
Odebrecht, OAS, Camargo Corrêa y Andrade Gutierrez con tasas de interés por
debajo del mercado perjudicando a la banca privada. Sin embargo, como el
mercantilismo lo permean todo, difícilmente, políticos de izquierda o derecha
se resisten a la influencia de estos monstruos industriales, a quienes –por
ejemplo- no satisfacen enormes bocados como los millonarios contratos
sobre-valorados para la construcción de infraestructura deportiva en el Mundial
de Fútbol pasado y los Juegos Olímpicos de 2016.
Volviendo a las palabras de Marini, este
“subimperialismo” está presente en Uruguay, Argentina, Paraguay, Bolivia,
Chile, Venezuela y Ecuador. También en el Perú durante los gobiernos de Alejandro
Toledo y Alan García, además del actual Gobierno nacional. Incluso la Alcaldía
de Lima bajo Susana Villarán no se salvó. Por desgracia, pocos peruanos cayeron
en la cuenta que tener a Brasil como socio de negocios era abrir las puertas
del país a las prácticas mercantilistas cariocas. Que las denuncias de
corrupción no sorprendan hoy ni durante la venidera campaña electoral: así es
el mercantilismo en el país de la samba.

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