Durante y después de las luchas bélicas para expulsar de España a los moros (musulmanes ibéricos) tras varios siglos, los reinos de Castilla y Aragón impusieron la “conversión forzosa” al catolicismo.
En los siglos XIV, XV y XVI, a los judíos y musulmanes se les impuso dos opciones: se convertían a la Iglesia Católica o debían irse de España. Gran parte de ellos, especialmente musulmanes, prefirieron irse, pero hubo un conjunto de judíos y musulmanes que renegaron de su fe y se convirtieron al catolicismo. Sin embargo, estos conversos, quienes secretamente continuaban con sus prácticas religiosas, presumían de ser más católicos que los católicos de nacimiento, más papistas que el Papa en Roma. Incluso iban más allá y acusaban ante el Santo Oficio de la Inquisición a quienes, bajo sus criterios, no se habían convertido totalmente al catolicismo o no eran suficientemente católicos.
De ese contexto histórico nació la expresión “la fe del converso”: aquel individuo que reniega de todo lo que alguna vez creyó para convertirse en un fanático de sus nuevas creencias. Una expresión que cae como anillo al dedo para describir al sociólogo y congresista Fernando Rospigliosi, hoy convertido en un adalid de los sectores “de derecha” peruanos.
Rospigliosi proviene de la izquierda radical. En las décadas de 1970 y 1980 fue militante de Vanguardia Revolucionaria, una escisión del viejo Partido Comunista moscovita (el Moscú de entonces, por supuesto) que se definía marxista-leninista-maoísta-mariateguista: una patota de "rojazos" que tenía una mazamorra ideológica en la cabeza, pero con ganas de tomar “el cielo por asalto”. No obstante, con el transcurrir de los años, Rospigliosi fue moderando su izquierdismo. Inclusive apoyó la candidatura presidencial del escritor Mario Vargas Llosa y su propuesta liberal en la campaña electoral de 1990.
Después del golpe de estado del 05 de abril de 1992 Rospigliosi fue un feroz opositor a la dictadura de Alberto Fujimori. Especialmente, por las violaciones a los derechos humanos. Las evidencias bibliográficas y hemerográficas están ahí. Tras el retorno a la democracia en 2001, Rospigliosi se acercó al gobierno de Alejandro Toledo. Dos veces ejerció como Ministro del Interior hasta que el Congreso lo censuró en 2003: el primer ministro en ser censurado bajo la Constitución de 1993. A partir de ese momento, Rospigliosi retomó sus actividades de periodismo e investigación académica, al mismo tiempo que era invitado a tertulias televisivas, entrevistas radiales u opinar en prensa escrita. Excepto por el escándalo WikiLeaks en 2010, a través del cual fue revelado que Rospigliosi visitaba frecuentemente la embajada de los Estados Unidos en Lima, allá por 2005, para “hablar de política”, el sociólogo no tuvo ningún cuestionamiento.
Rospigliosi, quien es un hombre temperamental y algo rencoroso, comenzó lentamente a cambiar y hoy es otra persona: reniega de todo lo que alguna vez defendió, despotrica de quienes fueron sus amigos o compañeros, se ha unido a quienes antes detestaba. En sus palabras rabiosas llenas de adjetivos calificativos, en sus ataques furibundos a quienes hoy no concuerdan con su línea de pensamiento, en su manera hasta malcriada mediante la cual responde a quienes le refutan o sólo le recuerdan el pasado, está vivita y coleando “la fe del converso”. Si antes se consideraba “demócrata”, hoy no vacila en promover desde el putrefacto Congreso la trituración de las instituciones y el imperio de la ley en su patria.
¿Por qué?.
¿A qué teme Rospigliosi?, ¿qué le avergüenza?, ¿qué lo atormenta?. Sólo Dios y
él conocen la respuesta. En esa España post-medieval, la fe de ese converso
generaba desconfianza en los demás. Más que desconfianza, a quien escribe,
Rospigliosi le genera pena.
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