Estuve monitoreando las elecciones generales en Honduras celebradas el 30 de noviembre.
Tres candidatos presidenciales se disputaban con mayores posibilidades la victoria: Nasry Asfura, abanderado del viejo Partido Nacional. Salvador Nasralla, postulante del emblemático Partido Liberal. Liberales y nacionalistas han dominado la política hondureña desde el siglo XIX. Por último, Rixi Moncada, la candidata del izquierdista gobierno de Xiomara Castro.
No ha sido un proceso electoral fácil. Corrieron rumores y denuncias de “irregularidades” y posibles “fraudes”. Sin embargo, las encuestas de intención de voto aseguraban un empate técnico entre Asfura y Moncada, con ligera ventaja del primero. Honduras es un país pobre y muy corrupto. Generalmente, los políticos no despiertan mucha simpatía. El temor a un triunfo contrario ha movilizado mucho electorado. Al cierre de esta columna de opinión, el Consejo Nacional Electoral publicó boletines sobre el conteo por encima sólo del 50%. Asfura y Nasralla están casi empatados, con una minúscula ventaja del candidato nacionalista. Moncada obtuvo sólo 19%.
Los comicios hondureños hubieran pasado inadvertidos, incluso para América Latina, sino hubiera sido por la injerencia de Donald Trump y los Estados Unidos. El State Department se hizo eco de los miedos opositores y consiguió una sesión extraordinaria del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) para debatir sobre las elecciones hondureñas. Por su parte, Trump, a quien no le caracterizan modales diplomáticos, públicamente, “bendijo” a Asfura como “su candidato”, menospreció a Nasralla y prometió indultar al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, preso en los Estados Unidos por narcotráfico, si Asfura ganara. El presidente argentino Javier Milei también alabó a Asfura desde las redes sociales, pero él no tiene la presencia política internacional de Trump.
Dos conclusiones podemos extraer de la experiencia de Honduras que pueden aplicarse a las elecciones generales de Perú el próximo año: primero, Moncada recibió una paliza en las ánforas. Se sobrevaloró su intención de voto. Ella no perdió por ser “pro-cubana” y defensora de la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela sino por el desprestigio político de Doña Xiomara. Segundo, a la gran mayoría de hondureños no le ha interesado lo que diga Trump. Los hondureños han votado como quisieron. Quizá hasta contra Trump, porque se subvaloró la intención de voto de Nasralla.
Exceptuando México, la República Dominicana y también Ecuador, los oficialismos en el subcontinente están siendo castigados en las ánforas cuando hay voto libre. Perú no será una excepción. No hay forma que esos sectores “de derecha”, quienes sostuvieron políticamente al malogrado gobierno de Dina Boluarte y sostienen ahora al “porno-filo” Presidente de la República y su Gobierno interino, sean favorecidos con una avalancha de votos. Además, ningún candidato “de derecha” debe esperanzarse en Trump. Él no atrae votos en estas latitudes y, tal vez, hasta espante.
Estaremos atentos.
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