La violación sexual y el asesinato de una niña de 11
años de edad recientemente han causado conmoción en el Perú.
La niña de iniciales JVR (el Código del Niño y el
Adolescente del año 2000 protege su identidad) fue llevada engañada por un
monstruo para abusar de ella. No se sabe si murió durante la violación o
posteriormente. El hecho ha causado una excepcional reacción de repudio e indignación.
Se convocó por las redes sociales Facebook
y Twitter para el viernes pasado una
gran marcha en memoria de la niña. En Lima una multitud de personas
(especialmente, vecinos de San Juan de Lurigancho, donde vivía la niña y ocurrió
la tragedia) se hicieron presentes por el Centro Histórico y la Plaza San
Martín. En otras ciudades como Arequipa, Chimbote, Iquitos, Huancayo y Pucallpa
también hubo marchas y vigilias.
Sin embargo, esta marcha fue diferente. En muchas
pancartas de distintos manifestantes se leía “pena de muerte” y “justicia
popular”. Incluso los organizadores habían confesado que era una marcha para
exigir la reinstauración de la pena capital para violadores sexuales de niños o
adolescentes. Los padres de la niña se reunieron con la Presidenta del Consejo
de Ministros y el Presidente de la Corte Suprema de Justicia prometió “sanción”
al responsable.
Quienes aprendimos Derecho sabemos que una
(hipotética) restauración de la pena de muerte en el Perú no es inmediata ni fácil.
Están de por medio la Convención Americana sobre Derechos Humanos de 1969 (que
el país ratificó diez años después), una reforma constitucional, sendas
reformas penal y de ejecución penal. También la no-retroactividad, la fase de
instrucción y el juicio oral, recursos de apelación o nulidad, un recurso de
casación y habrían transcurrido, mínimo, siete años. No obstante, hay un deseo en
nuestra sociedad de querer ya ver la sangre derramada de supuestos culpables de
gravísimos delitos.
Esta pulsión tanática es hábilmente explotada por el
periodismo. Allí está sentado dentro de su cabina de radio Phillip Butters,
quien no es periodista ni abogado (tampoco es un iletrado), pero grita, pregona
y exige la pena de muerte “ya”. También el diario Trome, perteneciente al grupo mediático El Comercio, muy leído por el
populacho, pidiendo en titulares, portadas y editoriales “pena de muerte”. La
televisora privada Latina se subió a la ola. Desconozco si por demagogia,
ignorancia, resentimiento, estupidez o egoísmo engañan a las masas y alientan
sus pasiones más primarias. Sensacionalismo puro.
Que nadie se sienta personalmente ofendido. El pueblo
peruano no es culto ni muy civilizado. En muchos aspectos, aún es
supersticioso, ignorante y bárbaro. Cambiará, pero no en el futuro inmediato. Además,
en el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y numerosos
ensayos académicos se señala que la sociedad peruana emergida del conflicto
armado interno entre 1980 y el año 2000 no quedó psicológicamente bien.
Mejor dicho, el pueblo sobreviviente al terrorismo de
Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y la acción
dura y brutal de las fuerzas del orden quedó lastimado y dolido. Todavía no ha
curado heridas, todavía no aprende a sobrellevar el dolor, todavía no expía las
culpas. Por eso, ante episodios como la tragedia de la niña JVR, muchas
personas no exigen una administración de justicia celera y eficaz sino
violencia castigadora y los cadáveres de los supuestos responsables.
Una realidad para que reflexione quien pueda y quiera reflexionar.

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