La verdad nos liberará ("ESPECIAL")

 

Tras una semana convulsa, juramentó el nuevo presidente del Congreso, Francisco Sagasti, como Su Excelencia, el Presidente de la República, para completar interinamente el mandato hasta el 28 de julio de 2021. Le deseo éxitos, como lo hice con su antecesor hace siete días.

Conviene repasar los hechos acontecidos y entender qué pasó. Es necesario dejar las pasiones e ir más allá del coro de voces. Es imprescindible saber la verdad, porque el Perú no merece vivir más el engaño de quienes, astutamente, disfrazan propósitos particulares como si fuesen deseos colectivos.

Por ejemplo, la mentira del “golpe de estado”, repetida hasta el cansancio desde los grandes medios de comunicación. Todos los golpes de estado requieren acciones de fuerza subversiva para la toma del poder. Al amparo de la Constitución de 1993, por amplía mayoría, el Congreso destituyó por “incapacidad moral permanente” a ese “alacrán” que nos desgobernó durante 30 meses. Si debieron o no hacerlo, en contexto de la pandemia viral COVID-19 y la recesión económica, para evitar que siga con sus fechorías y viole la neutralidad del proceso electoral, cada quien asumirá su responsabilidad ante la nación y la historia. Nunca hubo golpe. El Tribunal Constitucional decidirá pronto la acción de competencias presentada en septiembre sobre el mecanismo de destitución, a futuro. Hasta para los magistrados constitucionales, tampoco hubo golpe. Todo fue un relato mediático.

Al inicio eran protestas pequeñas, juveniles y gamberras contra la destitución. Existen muchos vídeos en las redes sociales Facebook, Twitter, Instagram y Tik Tok para probarlo. Cuando ocurrió la sucesión constitucional y el Poder Judicial, a pedido del Ministerio Público, ordenó impedimento de salida del durante 18 meses al destituido por los sobornos que habría recibido, las motivaciones reales de las protestas se volvieron difusas. Para algunos eran “Que se vayan todos”, eco fantasmagórico de Argentina en 2001. Para otros, “nueva Constitución”. Para muchos, sólo fue una expresión de desahogo. Sin embargo, quienes alentaron día y noche las marchas en Lima y otras ciudades desde las televisoras, las radioemisoras y los diarios sabían bien lo que querían: la caída del nuevo Gobierno. Por boca y cerebro de periodistas, intelectuales, artistas y hasta deportistas surgieron consignas cursis como “Perú te quiero, por eso te defiendo”. Nada entusiasma más a los seres humanos que sentirse parte de una colectividad en busca de un ideal para el bien común. Es romanticismo.

Entonces viene el último engaño: el pueblo habló, el Perú despertó y un montón más de palabrería hueca. Dieciocho mil personas congregadas en una plaza pública jamás será representativa de un país con más treinta millones de habitantes. Ni siquiera de una ciudad capital con alrededor de diez millones de habitantes. “Habla el pueblo” en comicios libres. Depositando el voto en el ánfora. Un derecho en democracia, con instituciones y bajo el imperio de la ley.

Si alguien cree (especialmente, juventud, autonombrada “Generación Equivocada” o llamada por otros “Generación del Bicentenario”) que ha contribuido a construir un “nuevo Perú”, se equivoca garrafalmente. Sólo hizo el “trabajo sucio” para “cargarse” un Gobierno, sin ejercicio pleno ni cuestionamiento ético. Los grandes medios de comunicación y ciertas élites están complacidos. Tanto que, a partir de ahora, se encargarán de acallar las voces de quienes querían más o creyeron conseguir algo más. Como por arte de magia, desaparecieron los cacerolazos en los distritos más adinerados de Lima y las televisoras, las radioemisoras y los diarios no cubrirán ninguna protesta más. Pasó en 2015 con las conocidas “protestas Pulpín” y volverá a suceder.

La verdad puede doler, pero libera. El Perú fue engañado y usado durante una semana por quienes supieron desde el inicio qué querían y qué defendían. Algún día, pagarán por sus felonías.

 

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