Por fin,
Luis Castañeda dejó la Alcaldía de Lima.
Según la penúltima
encuesta de opinión de IPSOS, Castañeda dejaba el cargo con 76% de
desaprobación. Ocho años atrás, en 2010, Castañeda dejaba la Alcaldía de Lima por
la candidatura presidencial con 79% de aprobación, según un sondeo de entonces
de la misma encuestadora.
¿Qué
ocurrió?. Hay un Castañeda I y un Castañeda II. Castañeda I llegó al cargo en
2003 tras una disputadísima elección municipal con su antecesor, Alberto
Andrade, donde hubo mucha demagogia (¿recuerdan el debate en Manchay?), ayuda
política (por ese inefable dúo político, los entonces congresistas Rafael Rey y
José Barba Caballero) y ataque mediático (el periodista César Hildebrandt fue
“inmisericorde” con Andrade), e impuso su estilo: cemento por doquier.
Construir un bypass por aquí, ampliar
avenidas por allá, remodelar parques más allá, etc.
Castañeda I
fue el burgomaestre del casquito de construcción, las maquetas y las primicias
matutinas. El alcalde que hablaba poco de la coyuntura política (siempre fue
pésimo orador), sólo de sus futuras obras. Cultivó la imagen de eficaz, porque
no le importaban los obstáculos (removió la estatua ecuestre de Francisco
Pizarro en la Plaza Mayor entre tantos aplausos como críticas) ni las
consideraciones (el caso COMUNICORE). La mayoría de limeños y limeñas recordará
a Castañeda I por el sistema de transporte público Metropolitano, los
Hospitales de la Solidaridad, las escaleras, el Circuito Mágico del Agua, etc.
Lima era su carta de presentación para su carrera política y quería una ciudad
“bella”, aunque sus males crónicos no los resolviera ni intentara resolverlos.
Castañeda
II ha sido distinto. Volvió al cargo en 2015 tras la mediocre administración de
Susana Villarán, que desencantó hasta a sus simpatizantes. Regresó en olor de
multitud, con su fama de “súper gestor” intacta y su aire de auto-suficiencia.
Las expectativas eran altas: se esperaba mucho de él. Sin embargo, quiso gobernar
como antes. No entendió que Lima requiere ahora un buen administrador, no un
constructor. Se empecinó en un (inútil) bypass
en la avenida 28 de Julio, que nadie entendió por qué y para qué. El golpe de
gracia se lo dio el Congreso con la reforma constitucional de 2015 que prohibió
la reelección inmediata de alcaldes y presidentes regionales.
A partir de
entonces empezó la decadencia de Castañeda II. Se rodeó de áulicos aislándose
de la ciudadanía. Cualquier crítica hacia la administración era ataque.
Cualquier ataque significaba atrincherarse. Espoleado por una “pandilla
periodística” muy de derecha, Castañeda II y su gente fueron más soberbios que
nunca: “el puente no se cayó, sólo se desplomó”, por ejemplo. Como gestor,
Castañeda II fue pésimo: obras inconclusas, deudas por arbitrajes perdidos,
Metropolitano desfinanciado, tarifas agiotistas en las concesiones viales, caos
en el tránsito vehicular, transporte público decadente, inseguridad ciudadana
persistente, etc.
Castañeda
II no será recordado por muchos y quienes nunca le votamos sólo esperábamos que
se fuera.

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