Caminantes ("ESPECIAL")


La pandemia viral COVID-19 en el Perú ha causado un fenómeno social inédito: los “caminantes”.

Son decenas o cientos de personas moviéndose a pie desde Lima hacia otro departamento del país o entre diferentes departamentos. Son hombres, mujeres y niños caminando varios kilómetros, durmiendo al borde de las carreteras, comiendo en ollas comunes o cualquier alimento donado por almas caritativas. Soportan calor, frío, hambre y sed, pero continúan la marcha.

Nada parecido en América Latina y sólo igualable a India, hay quienes pretenden comparar esta nueva migración interna con aquellas oleadas de migrantes desde el campo hacia las ciudades o desde el interior del país hacia Lima a partir de la segunda mitad del siglo XX, pero no es similar. Aquella migración fue lenta y paulatina, motivada por mejores condiciones económicas u oportunidades de ascenso social. En las décadas de 1980 y 1990, también para huir de la violencia terrorista y su (durísima) respuesta militar. Todo ese fenómeno creó un Perú más pluri-cultural y pluri-étnico, como magníficamente lo demostró el investigador Rolando Arellano en sus ensayos publicados sobre la nueva sociedad peruana surgida a partir de la década del 2000.

Hoy es otra cosa. Cuando en la semana del 16 de marzo pasado ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018 decretó en todo el país el Estado de Emergencia, el toque de queda y el “aislamiento obligatorio” para enfrentar la pandemia (¡ay, qué firme!), había muchísimos jóvenes estudiantes y trabajadores solos o con sus familias venidos a Lima o alguna otra cuidad desde distintos lugares. Moraban en viviendas alquiladas, con algún empleo mínimamente remunerado o ingresos variables y poco ahorro. La paralización casi total de la economía y las restricciones a las libertades de tránsito y reunión les afectaron completamente. Algunos tuvieron suerte y se fueron durante los primeros días antes que no hubiera más transporte público interprovincial. Recordemos que el “aventurero” nos repetía, al principio, que la excepcionalidad (mal llamada “cuarentena”) duraría sólo 15 días, pero después se sumaron 13 días más, 14 días más, 14 días más y todavía ignoramos cuándo terminará. Sin empleo o ingresos, sin el bono 380 o las canastas municipales del Gobierno (clamoroso fiasco), sin dinero y hasta sin vivienda, todos ellos no tuvieron otra alternativa que volver con el resto de sus familias o sus amistades, aunque sea a pie. 

Creyendo serían algunas decenas de personas por cada departamento, el Gobierno habilitó una pequeña partida presupuestal a los gobiernos regionales para empadronar a quienes los contacten que deseen viajar, contratar buses y alquilar hospedajes para el “aislamiento”, previo sometimiento a la prueba de despistaje del virus. No obstante, las asignaciones fueron insuficientes. Las decenas se convirtieron rápido en cientos. Paradójicamente, el Gobierno ha gastado más repatriando personas desde el extranjero y alojándolas en hoteles de Lima (si no son limeñas, el viaje al interior del país es por cuenta propia) que en la migración interna. Por fin aviones de la Fuerza Área comienzan a transportar algunas decenas de personas a ciertos destinos desde su base en el Callao, pero no basta. Por eso a los demás no les queda otra solución que caminar.

Por ahora esta migración interna ha permitido liberar parcialmente la tensión social acumulada por la rigidez de la excepcionalidad, pero tiene un límite. Asimismo, como sucedió tras los primeros días, el contagio se extenderá más por todo el país y el virus se hará más incontrolable.

En lo personal, los “caminantes” reflejan dramáticamente cuánto está cambiando el Perú por culpa de un Gobierno trilero, indolente y truhan, pero los últimos en percatarse de la magnitud del cambio serán el “aventurero” y quienes aún lo respaldan.


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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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