¿Ya para qué la “unidad”?

Desde el viejo periodista César Lévano pasando por el ex diputado Carlos Tapia y el sociólogo Santiago Pedraglio hasta el congresista Sergio Tejada se escucha la misma palabra en la izquierda radical: unidad. “¡Unidad para vencer!”, gritan.

Para la izquierda radical la “unidad” ha sido un deseo, una aspiración y, a la vez, un trauma. Desde las elecciones para la Asamblea Constituyente en 1978 “rojos” y “rojimios” viven obsesionados con lograr la “unidad”, en contraste con sus adversarios al otro lado del espectro político que no la necesitarían. La alianza electoral Izquierda Unida durante la década de 1980 pareció concretar ese anhelo, pero terminó volando por los aires, igual que las sillas salieron volando por los aires durante el único congreso de la Izquierda Unida en Huampaní a causa de la trifulca entre militantes, además de la acusaciones mutuas de “revolucionarios”, “reformistas” o “reaccionarios” y así volvieron al principio.

Quienes gritan “unidad” parecen convencidos que la izquierda radical y la hermanita de ésta, la izquierda moderada, son una fuerza poderosa y omnipresente. Que sobrevive por la “razón de las ideas”. Que sólo basta la mágica “unidad” como garantía de victoria electoral. Que los enemigos de derecha moderada y derecha conservadora tiemblan de miedo a que juntas arrasen en las urnas. Que el pueblo se muere por el socialismo y el 26% de pobres que aún queda en el Perú sueña con un triunfo izquierdista que lo reivindique. Sí y Santa Claus existe.

La pretendida “unidad” tuvo sentido en la década de 1980 cuando el electorado peruano era dividido en tres tercios (la teoría de los “tres tercios”): había un tercio centrista (el APRA), un tercio de derecha (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano) y un tercio de izquierda (la Izquierda Unida), donde “rojos” y “rojimios” si iban divididos a elecciones, obvio, perdían. Los tres tercios quedaron sepultados por la violencia terrorista, la descomposición institucional y el desastre económico en los años 1989, 1990 y 1991.

Hoy, año 2015, que la izquierda radical se una o se divida para los comicios generales de abril próximo, a la gran mayoría del electorado le importa un pepino. Ni juntas ni separadas ganarían, porque siguen con las mismas ideas arcaicas, los mismos postulados desgastados, la misma doble moral y el mismo discurso trasnochado que no gusta a las masas. Encima no tienen pre-candidatos presidenciales electoralmente atractivos: la congresista Verónika Mendoza sólo tiene 2% de intención de voto. Que “rojos” y “rojimios” hablen de “unidad”, que en el pasado torpedearon cuando no les convenía, expresa lo desconectados que están del país actual. El Perú cambió. Como dice el periodista Constantino Traverso, se “derechizó”.

Por más titulares que dedique el Diario Uno a “inflar” la pre-candidatura de “la Vero” (así la nombra el periodista Luis Davelouis) o a proclamar aquí o allá la “unidad”, la izquierda radical no figurará en los próximos comicios. Ojalá “rojos” y “rojimios” entiendan que la “unidad” es el menor de sus problemas.



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