Hace un par de semanas se estrenó en las salas de cine
la película peruana La Paisana Jacinta: en búsqueda de Wasaberto. Hasta el momento
es la más taquillera en cartelera.
Las críticas han sido fuertes y no, precisamente, por
la calidad cinematográfica. Para estos críticos, La Paisana Jacinta, un
personaje humorístico de televisión, creado y encarnado por el cómico Jorge
Benavides, es “racista”. El Ministro de Cultura intervino y Benavides le
respondió malcriadamente. Varios periodistas e intelectuales pidieron “censurar”
la película.
Hace años que Benavides personifica a Jacinta, una
mujer con rasgos indígenas, impronta andina y extracción campesina. El
personaje es inocente y dócil, pero pícaro y sin malicia. Estéticamente, es feísimo.
Las mujeres de nuestras comunidades campesinas y centros poblados alejados son
más bonitas, femeninas, agraciadas o simpáticas que Jacinta, quien jamás
ganaría un concurso de belleza.
Lo más resaltante de Jacinta es su vestimenta.
Polleras, enaguas y ojotas han sido típicas de la mujer de los Andes. Fue en el
siglo XVIII, cuando España dominaba estas tierras, que por real cédula se “uniformizó”
la vestimenta de todos los súbditos indígenas de la Corona. La vestimenta se
mantuvo casi inalterable durante el siglo XIX. Litografías, fotografías o
descripciones narrativas lo demuestran. A partir del siglo XX, a medida que la
modernidad varió lentamente usos, costumbres y tradiciones, la vestimenta
comenzó a cambiar. Medias de lana por medias de seda y, después, pantimedias.
Enaguas por calzones. Ojotas por sencillos zapatos cerrados. Sólo las polleras
no han variado mucho, pero quienes las visten suelen ser mujeres de mayor edad
o más tradicionales. Las mujeres más jóvenes o más receptivas a la modernidad
prefieren un atuendo más occidental. La vestimenta de Jacinta es anticuada.
De otro lado, las migraciones del campo hacia las
ciudades (especialmente, Lima) empezaron en las décadas de 1940 y 1950. Hombres
y mujeres de los Andes venían de un mundo rural de religiosidad, tradiciones y
reciprocidad. Los pocos símbolos de la modernidad (por ejemplo, el teléfono)
pertenecían a los “gamonales” (hacendados) y las autoridades como alcaldes,
prefectos, jueces o sacerdotes católicos. Imagínense a esa mujer migrante,
analfabeta o poco instruida, quechua-hablante y con algo de español mal
aprendido, sometida a la férula del marido o el padre, que poco o nada sabía de
la vida fuera de su “pueblito”, sorprenderse por el ambiente tan individualista,
cosmopolita y laicista de la urbe. Para aquellos hombres fue más fácil “desindigenizarse”
que para sus mujeres.
Cuando el Perú hoy es más “mestizo” que en las décadas
de 1960, 1970 y 1980, más intercomunicado e influenciado por Occidente que hace
cien años, con una movilidad social y un espíritu emprendedor como nunca,
Jacinta ya es un estereotipo. Entonces, ¿por qué el personaje de Benavides es
tan polémico?. Tal vez, porque nos evoca el pasado: ese Perú racialmente menos
integrado, que no queremos recordar o, secretamente, echamos de menos.

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