Apelando a la psicología conductista, quiero estudiar
y entender el comportamiento de un raro espécimen de la política peruana: el
fujimorista. Sea hombre o mujer, no me
refiero a la “élite” ni a quienes votaron esta vez por el fujimorismo y antes
no, sino al fujimorista más leal y duro.
Sin herir susceptibilidades, el fujimorista es autoritario.
No cree en la democracia (por más que diga lo contrario), el imperio de la ley,
el pluralismo político ni las instituciones. Sólo en la autoridad basada en la
fuerza, como bajo la dictadura de Alberto Fujimori (1992-2000). También es intolerante.
Pide “más tolerancia, por favor” para
sus opiniones, pero vitupera contra quien le discrepe total o parcialmente. De
ahí, por ejemplo, los insultos constantes contra el escritor Mario Vargas Llosa
por su conocido anti-fujimorismo.
Asimismo, es histérico. Ve conspiraciones. Está
a la defensiva. Es agresivo durante las polémicas. Insulta. Evoca a cada rato
los “enemigos”: “caviares”, “rojos” o “pro-terrucos”, que le son lo mismo. Es revanchista,
porque pregona acabar con esos “enemigos” y sus “mentiras”
El fujimorista gusta de “mitos políticos”: cree
que el Perú era una sentina antes de Fujimori, que el golpe de estado del 05 de
abril de 1992 fue un hito histórico, que la sola “mano imperial” de Fujimori
derrotó al terrorismo y “arregló” la economía, que nunca hubo una dictadura
corrupta, que él es víctima y hasta “preso político” (¡indignante!), que los gobiernos
de Valentín Paniagua y Alejandro Toledo “excarcelaron” terroristas (visión
simplista y mentirosa), que el Informe final de la Comisión de la Verdad y
Reconciliación “exculpó” terroristas, que los juicios contra Fujimori son
“inválidos”, etc.
En esa línea de pensamiento, el fujimorista politiza
la Historia. Justifica las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta en 1991 y
1992, porque esos muertos “eran terroristas”. Dice sin mayor reparo que el
sindicalista Pedro Huilca fue asesinado por Sendero Luminoso en 1992, pese a
que las pruebas no apoyan 100% esa hipótesis. Se llena la boca endiosando la
operación militar “Chavín de Huántar”, que en 1997 rescató exitosamente a
rehenes en poder del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), pero rechaza
estudiar los hechos históricos y los protagonistas para saber y comprender el inédito
suceso. Prefiere la defensa patriotera de cuánto cree se hizo, porque así
defiende a Fujimori y ataca a “caviares”, “rojos”, “pro-terrucos” o las tres
cosas juntas.
Por último, es irreflexivo. No vale la pena
debatir con un fujimorista fanático, porque se cerrará en sus creencias y no
entenderá razones. Se refugia en los lemas y las consignas. Encima, gracias al
Internet, cuenta con bancos de información (como el blog Catarsis y Harakiri,
escrito por verdaderos orates) para retroalimentarse cognitivamente.
Más allá de una arbitraria visión propia, el
comportamiento de un fujimorista requiere un estudio más amplio. Por ahora
estas características son las que identificó en muchos votantes de cara al ballotage presidencial. Me apena que sea
así.

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