Realismo, realismo


Un comentario del ex diputado Carlos Tapia realizado por televisión el 28 de julio pasado me sorprendió gratamente.
 
Sociólogo e integrante de la extinta Comisión de la Verdad y Reconciliación, Tapia estaba en un panel de comentaristas previo al Mensaje a la Nación del Presidente de la República. Otros presentes eran Juan Sheput (ex Ministro de Trabajo y Promoción del Empleo) y Jorge del Castillo (ex diputado, ex congresista y ex Presidente del Consejo de Ministros) y el panel estaba dirigido por los periodistas Federico Salazar y Mávila Huertas.
 
Cuando Sheput hizo mención al modelo económico heredado de la década de 1990 y aplicado en democracia desde 2001 y posibles medidas económicas a anunciar ese día, Tapia dijo que a él no le gusta ese modelo, pero que era el que “la mayoría de la gente quiere y así ha votado”, aludiendo a las elecciones generales de 2011 cuando más del 70% del electorado votó por candidatos presidenciales que encarnaban el mentado modelo. El pequeño comentario es sorprendente, aunque no viniendo de Tapia, a quien ya ha caracterizado un cierto grado de realismo y sensatez, a pesar que fue uno de los redactores del Plan de Gobierno “velasquista” llamado “La Gran Transformación”: un viaje a la década de 1970. En 2012 Tapia fue uno de los pocos políticos e intelectuales de la izquierda radical que no se oponían tajantemente al proyecto minero Conga, aunque acabó “rompiendo” (descortésmente) con Su Excelencia.
 
¿Por qué la sorpresa del comentario?. Salvo excepciones (como el ex senador Rolando Breña Pantoja), la izquierda radical en el Perú no es “idealista” y “revolucionaria” sino “infantil” y “caprichosa” como consecuencia de un accionar dogmático e intolerante. Así lo manifiesta el antiguo periodista izquierdista Constante Traverso en su libro -excelentemente ilustrado- llamado La izquierda en el Perú, publicado el año pasado.
 
Dos casos son emblemáticos: la Asamblea Constituyente en 1978 y las elecciones generales de 1990. En el primer caso, el sociólogo Luis Pásara expresa para qué la izquierda radical lanzó candidaturas a las elecciones si después rehusó participar en los debates constituyentes y firmar la Constitución a la que había aportado poco o nada por voluntad propia. ¿Querían la democracia para servir al país o “servirse de la democracia” por el país?.
 
El otro caso es más dramático. A pesar de las advertencias de los entonces senadores Javier Diez Canseco y Carlos Malpica Silva Santisteban, la izquierda radical se empeñó en respaldar orgánicamente durante la segunda vuelta presidencial al oscuro Alberto Fujimori frente al escritor Mario Vargas Llosa. ¿Tanto era el odio contra el rival que no pensaron siquiera quién era el individuo, de dónde había salido o cuáles eran sus intenciones?.
 
Si la política es el arte de lo posible, entonces la izquierda radical no hace política sino grita, tira piedras, boicotea, bloquea, busca pleito. En democracia se hace política y si esa izquierda radical no es capaz de realismo y sensatez para hacer política, entonces no merece participar de la democracia.
 

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