En estos días durísimos de la pandemia viral COVID-19, ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018 visitó el nuevo hospital de Ate en Lima.
A poco tiempo de inaugurado, este nosocomio de la red hospitalaria del Ministerio de Salud fue destinado para pacientes de la pandemia. En las imágenes de la visita, se vio al “aventurero” entrando a una habitación parecida a un comedor. Dentro había una decena de hombres y mujeres vestidos con ropa blanca, como si fueran médicos o enfermeras. Estaban sentados de a dos en cada mesa. Nada había sobre las mesas. Nadie estaba almorzando. Tampoco era una charla didáctica, porque no había libros, folletos ni separatas. Todos tenían los uniformes limpios y casi nadie usaba mascarilla. Mientras, el “aventurero”, bien vestido y con mascarilla, hablaba y hablaba, junto al director del hospital. Algunos asistentes volteaban la cabeza para mirar al “aventurero”, pero otros miraban sus teléfonos celulares. Cuando acabó de hablar, aplaudieron pocos y desganados.
Según versión de médicos del Ministerio de Salud o ESSALUD, cuando el “aventurero” visita un hospital acompañado de reporteros, fotógrafos y camarógrafos, los presentes deben dejar todo lo que estén haciendo y recibirlo, oírlo y hasta aplaudirlo. Entonces las imágenes mencionadas fueron una “puesta en escena”: un teatrillo, un teatrillo malo. ¡He ahí el leitmotiv del “aventurero” y su Gobierno nacional!: la apariencia. Aparentar y aparentar pareciendo creíble y convincente. En Marketing le dirían “posicionamiento”.
¿Quién enseñó eso al “aventurero”?. Su asesor argentino desde 2018, Maximiliano Aguiar. Con él, el “aventurero” sorteó todas las crisis políticas. Sociólogo cuarentón, Aguiar se define como “Especialista en Comunicación Política”. Dirige una consultora con sedes en Argentina y Perú. Aunque es justicialista, cercano a Cristina Fernández de Kirchner y ha coqueteado con políticos latinoamericanos “rojos”, le mueve el dinero, no la ideología. Fuera de su país, Aguiar fue asesor de Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Acá participó en la campaña electoral de 2016, pero no tuvo cercanía con el gobierno de Pedro Pablo Kucyznski.
Aguiar es el creador del concepto de “posicionamiento permanente”: el político debe estar todo el tiempo en el debate público. Debe tener siempre algo que decir, proponer, anunciar. Algo que guste a las masas. En medios de comunicación, Parlamento, partidos políticos, etc., siempre deben hablar del político. Para apuntalar su imagen, Aguiar cree en la “fabricación de encuestas como operación política”, la creación de una “épica colectiva” (relato de héroes y villanos) y la “divulgación de números falsos” para influir en la opinión pública. Familiar, ¿no?.
¿Aguiar es
infalible?. No. Además, su cliente peruano es un pésimo político. No tiene la verborrea
de Correa, el misticismo de Morales ni la aureola justicialista de los
Kirchner. Al “aventurero” hay que quitarle el disfraz artificial y verlo como
es: un maniaco de la impostura.
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