Demagogia de muerte


Detesto cuando políticos y periodistas pretenden vernos como tontos.

Tras los recientes casos de violación sexual denunciados en medios de comunicación, las congresistas Úrsula Letona y Karla Schaefer han propuesto ampliar la pena de muerte para violadores sexuales. Es “clamor popular”, aunque colegas suyos del fujimorismo no están de acuerdo. El Ministro de Justicia y Derechos Humanos dijo estar a favor, pero después alegó que fue a “título personal”. El locutor radial Phillip Butters es partidario de la pena de muerte, pero otros periodistas se han declarado públicamente a favor.

Este debate en el Perú no es nuevo. En 2006 el gobierno de Alan García “coqueteó” con la pena de muerte para violadores sexuales de niños y niñas de 7 años de edad. En la población cundió el entusiasmo, pero aquella vez a la gran mayoría de la opinión pública casi le da un patatús y la idea fue desechada.

La Convención Americana de Derechos Humanos de 1969, que el Perú firmó en 1978, prohíbe a los países que abolieron la pena de muerte reimplantarla o a aquéllos que la restringieron, ampliarla. La Constitución de 1979 restringió la pena de muerte sólo para traición a la patria durante guerra externa. La Constitución de 1993 lo copió, pero añadió para terrorismo (era “clamor popular” en la década de 1980), pero la Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió al Perú que violaría la Convención si condenase a terrorista alguno a pena de muerte, por lo que jamás se hizo.
Si hiciéramos lo que Letona, Schaefer o Butters quieren, el Perú debe denunciar la Convención para salir del sistema interamericano. Plazo: 2 a 3 años. La reforma constitucional demora un año, mínimo, aprobarla. Después viene la reforma a los códigos penal y de ejecución penal, ambos de 1991. Un año, al menos. El proceso penal en el Ministerio Público y el Poder Judicial podría tardar 2 ó 3 años. Sumando todos los plazos, serían 6 a 8 años para ver al primer condenado por violación sexual listo para morir. Sin considerar apelación, nulidad, casación ni conmutación de pena, ¿dónde está la eficaz SOLUCION INMEDIATA?.

¡Dejen de hacer demagogia!. Este año se cumplen sesenta años de la ejecución del “Monstruo de Armendáriz” (en diciembre escribiré al respecto), pero tanto “deseo” de satisfacer el “clamor popular” me recuerda a Cuba. Cuando en 1959 triunfó la Revolución y Fidel Castro tomó el poder, comenzaron los “juicios revolucionarios” donde se hallaba culpable rapidito con la acusación de un denunciante o la “convicción” del juez. Aunque la condena podía ser largos años de cárcel, por lo general era el fusilamiento ante las tropas revolucionarias. Castro sabía que los fusilamientos excitaban el morbo de las masas. Miles de fusilados, mientras las masas en las calles gritaban “¡Paredón!, ¡paredón!”. “Justicia revolucionaria”, dijeron. En realidad, era cualquier cosa menos justicia, porque los fusilamientos no se detuvieron ni siquiera con esas masas que los aplaudían. Los fusilamientos también eran una forma de control social.

Mucho cuidado con gritar “pena de muerte”.

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