Perú violento

¿Han leído o visto las crónicas policiales o “crónicas rojas” de diarios o telenoticieros?. Todas tiene un denominador común: la violencia.

“Hombre acuchilla a su mujer, porque ella quiso terminar la relación”, “Ebrio mata a su amigo, porque no le invitó una cerveza”, “Víctima es baleada por defender a su madre”, etc. ¿Acaso el Perú es un país tan violento?.

Por desgracia, nuestra Historia contiene muchos episodios de violencia social. Por ejemplo, la Masacre de Chincha en 1881 cuando, aprovechando la cercanía del ejército invasor chileno y el caos imperante, peones negros de las haciendas del Sur Chico desataron una orgía de sangre contra los chinos culíes y el resto de chinos inmigrantes. Los disturbios de 1940 en varias ciudades contra inmigrantes japoneses también son ejemplo o el estallido de vandalismo urbano en Lima tras la tragedia del Estadio Nacional en 1964.

Sin embargo, el agravante violentista es el conflicto armado interno 1980-2000 entre el terrorismo de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y el Estado, con la elevada cifra en muertes, torturas, desapariciones, violación sexual, daño físico o psicológico, marginación, etc. Si se le añade la herencia del desastre económico de las décadas de 1970 y 1980 (inflación, escasez y desabastecimiento de bienes, pobreza, colapso de servicios, desempleo), donde mucha gente aprendió a valerse por sí misma sin importar nada ni nadie, se puede entender el grado de anomía social al que hemos llegado.

Los medios de comunicación son un factor importante en esta ecuación. El tratamiento noticioso a estos actos de violencia social (sin contar aquella violencia política de las turbas disfrazada “progresistamente” por políticos, periodistas e intelectuales de izquierda como “conflicto social”) no los condena y hasta los avala. Para muchos periodistas, más sangre significa más morbo y más morbo significa más ingresos. Por eso aplaudo la iniciativa del periodista Humberto “Beto” Ortiz (no simpatizo mucho con él, por cierto), quien últimamente está condenando sin reparos en su programa de TV el salvajismo de las masas (la inteligencia del individuo desaparece entre las masas) apañado de “justicia popular” o “Chapa tu choro”.

Políticos, periodistas e intelectuales de derecha también tiene cuota de responsabilidad sobre nuestra sociedad si justifican la violencia indiscriminada del Estado, minimizan el número de víctimas (¿“Nosotros matamos menos”?), vituperan el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (historiografía sobre el conflicto armado interno 1980-2000) publicado en 2003 que trató (quizá falló) de darle voz a todas las víctimas y ahora piden que los militares salgan a la calle a disparar a cuanto parezca delincuente o exigen reinstaurar la pena de muerte para delitos comunes.

Si las semillas de violencia se sembraron ayer, no sorprenda a nadie que hoy den frutos. Por supuesto, no todo está perdido, mientras hayamos quienes creemos que la violencia sólo conduce a más violencia y que debe reinar la libertad, la paz y la armonía.

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