Por qué y para qué del 30 de septiembre ("ESPECIAL")

 

Descontando algunos medios de comunicación, casi nadie ha recordado que se cumplieron cuatro años de los sucesos del 30 de septiembre de 2019.

Ese día el nefasto gobierno de Martín Vizcarra retorció peor que estropajo la Constitución de 1993 para forzar la disolución de la Cámara y “cargarse” el Congreso, con una triquiñuela jurídica llamada “denegación fáctica”, turbas de izquierda radical rodeando el Palacio Legislativo y la Policía Nacional arrojando gases lacrimógenos para contenerlas y un (gravísimo a futuro) pronunciamiento de las Fuerzas Armadas en favor de la medida.

Aunque el Congreso se había vuelto demasiado impopular (una encuesta de opinión de IPSOS indicó que 85% de sondeados apoyaba la disolución de la Cámara), los congresistas aún tenían la legitimidad del voto popular en comicios libres, a diferencia de Vizcarra, a quien nadie había votado y cuya legitimidad se la debía a la sucesión constitución que le permitió acceder a la Presidencia de la República. Hay quienes consideran este zarpazo como “golpe de estado”, pero discrepo. Pese a que el 30 de septiembre continuaron las violaciones a la Constitución de 1993, el “aventurero” cumplió convocando comicios parlamentarios, cuya pureza y validez nadie cuestionó, y promulgó más de un centenar de decretos de urgencia, que derivó a la Comisión Permanente. Casi cinco meses después se instaló el nuevo Congreso.

¿Por qué ocurrió el 30 de septiembre?. Vizcarra tendió una emboscada al Congreso y muchísimos congresistas fueron atrapados. No pensaron que el psicópata -y quienes le alentaban- se atrevieran a tanto. Se confiaron. Por eso la mayoría en la Cámara había elegido para presidirla a un “calzonudo”. Políticos, intelectuales, artistas y activistas que conforman la “progresía” limeña, entonces cercana a Vizcarra, querían liquidar una representación nacional que jamás aceptaron: parte de la cual propició la caída del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski en 2018.

Sin embargo, como el devenir del tiempo terminó demostrando, el “aventurero” tenía sus propias intenciones: concentrar más poder y permanecer más allá de 2021. El Referéndum de 2018 fue el primer paso. El siguiente fue conseguir que a él no le aplicase la prohibición de la reelección presidencial inmediata señalada en la Constitución de 1993 (nadie le había votado en 2016) para ser candidato, como insinuó que no le aplicaba la entonces congresista Patricia Donayre en esa época. Desde el inicio Vizcarra se percató que el Congreso era un obstáculo para su pretensión continuista, por lo que buscó confrontar con éste y después “cargárselo”.

Inspirado por las consecuencias del “estallido social” chileno de 2019, el psicópata Vizcarra coqueteaba ya con activar un proceso constituyente para redactar una nueva Constitución. A él no le interesaba qué contendría el nuevo texto o quiénes lo redactarían, sino que éste le permitiese ser candidato presidencial. Al percatarse que el Congreso extraordinario estaba llenos de enemigos políticos suyos, comenzó a insinuar la necesidad de una nueva Constitución, como expresó públicamente al periodista Jaime Chincha. Al final de cuentas, los sistemas políticos no se suelen reformar desde adentro sino desde afuera. La destitución presidencial en noviembre de 2020 cortó las ambiciones del “aventurero”.

¿Qué nos legó el 30 de septiembre?. El diseño institucional de la Constitución de 1993 “reventado”, un fuerte repudio popular al Congreso sin importar lo que sus mayorías hagan o no en la Cámara, latentes pulsiones populares antiparlamentarias y la vulneración de la democracia restaurada en 2001, en su esencia: la voluntad popular libremente expresada en las ánforas.

 

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