Perú en la encrucijada


La noticia del suicidio de Alan García, ex presidente de la República, conmocionó al Perú.

Inmerso en las investigaciones por el “escándalo Odebrecht” (la mega-corrupción de la empresa constructora brasileña Odebrecht en el Perú entre 2005 y 2014), el Ministerio Público solicitó al Poder Judicial detención preliminar de García y otros implicados por diez días. Cuando un fiscal y efectivos de la Policía Nacional llegaron a su vivienda en Miraflores, Lima, para detenerlo y allanar su casa, García subió hasta su dormitorio, se encerró con llave, cogió una pistola y se disparó a la cabeza. Fue llevado de emergencia a un hospital, pero falleció horas después.

Los restos de García fueron llevados al local central del APRA, su viejo partido político. Allí recibieron el “último adiós” de correligionarios, políticos de otras tendencias y público en general. Posteriormente, fueron trasladados hasta un cementerio privado para la cremación. La familia rechazó los “funerales de Estado” que le correspondían, conforme al Reglamento de Ceremonias del Estado de 2005. El Presidente de la República no asistió ni envió un edecán, pero declaró tres días de duelo nacional.

El suicidio de García fue una decisión personal, pero existieron factores desencadenantes. Al margen de su obsesión por la recordación histórica, creo le horrorizaba, no enfrentar un tribunal de justicia sino sufrir arbitrariedades de la administración de justicia. Sí, porque el Ministerio Público y el Poder Judicial están cometiendo arbitrariedades con la privación de la libertad personal. Lo vio en los ex presidentes Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczysnki, también dentro de las indagaciones por el “escándalo Odebrecht”. Quizá para García sí correspondía la detención.

El año pasado una sentencia del Tribunal Constitucional señalo límites a las medidas de “detención preliminar” y “prisión preventiva”. Recientemente, un fallo de casación del vocal supremo César San Martín insistió en el mismo tema. No obstante, los fiscales especiales en el “escándalo Odebrecht” y la corrupción de otras constructoras brasileñas y los jueces prevaricadores que los secundan abusan del Derecho, pisotean la jurisprudencia y violan el Código Procesal Penal de 2004. Encima publican comunicados insolentes, se pasean por televisoras y radioemisoras con pose de duros e implacables y reciben los aplausos de una “argolla mediática”, más interesada en pasiones políticas y venganzas personales que en una administración de justicia recta y eficaz.

Por ejemplo, mayormente, los fiscales especializados parecen seguir las pautas de IDL-Reporteros, el equipo investigador del periodista Gustavo Gorriti. La teoría de fiscalía por la cual todo financiamiento ilegal de campaña electoral (antes no era delito) equivale a “lavado de activos” es bastante cuestionable. Hasta el momento NO HAY ninguna acusación fiscal contra nadie ni se ha iniciado juicio oral a nadie. Ni a la ex alcaldesa de Lima, Susana Villarán, también involucrada en el “escándalo Odebrecht”. Sin embargo, hay muchos personajes (como el ex procurador ad hoc Ronald Gamarra llamándoles “Lloronas de Viernes Santo” por la red social Twitter) considerando cualquier crítica a esos fiscales y jueces como “boicot” a la lucha anticorrupción.

Para quienes creemos en el individuo por encima de la colectividad, tememos que la lucha contra la corrupción se esté “desnaturalizado” en una lucha de “exterminio político” y nos lleve a una sociedad de odio e infamia pudiendo liquidar con la democracia restaurada en 2001 y barrer con las instituciones y el imperio de la ley. Que Dios nos proteja y proteja al Perú.


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