¿Qué es lo que repiten todos los
actores políticos, de izquierda a derecha, cada vez que hay un mal llamado “conflicto
social”?. Diálogo, diálogo y más diálogo.
Desde la restauración de la
democracia en 2001 existe esta obsesión por el “diálogo”. Politológicamente,
hablamos de “diálogo social”, relaciones horizontales comunicantes entre el
Estado y las organizaciones de la sociedad civil (empresas, sindicatos, asociaciones,
colectivos, comunidades, etc.) con el fin de enfrentar conjuntamente los
problemas sociales y contribuir a elaborar soluciones fundadas en el consenso.
Todo suena bonito, pero es retórica.
En la práctica, el “diálogo social” es un instrumento de chantaje político para
que una minoría activa quiera imponerse sobre las instituciones y el imperio de
la ley o legitimización de acciones violentas tras posiciones testarudas.
¿Recuerdan las violentas protestas en Cajamarca contra el proyecto minero Conga
a cargo de la empresa minera Yanacocha en 2012?. ¿Qué exigían esos delincuentes
que bloquearon carreteras, destruyeron propiedad pública y privada,
secuestraron y agredieron opositores?. ¡“Diálogo”!. ¿Para qué querían “dialogar”?.
Para imponer el “Conga no va” y legitimar la criminal protesta con “mesas de
diálogo” y “actas de compromiso”.
Así ha sido. Desde las protestas
contra el proyecto minero Tambo Grande en Piura a cargo de la empresa minera
Manhattan en 2002 (“¡Salvemos los limones
de Tambo Grande”!, gritaban quienes después nada dijeron cuando mineros
ilegales devastaron el valle) pasando por el frustrado proyecto minero Quilish
en Cajamarca, también por Yanacocha, en 2004 hasta el reciente caso del
proyecto minero Tía María en Arequipa por la empresa minera Southern Perú Cooper Corporation.
Siempre la misma dinámica, siempre el mismo libreto: diálogo, diálogo y más
diálogo, que nunca resuelve nada.
¿De dónde viene esta manía con el
“diálogo social”?. De la ideologización “roja”: ser “de izquierda” es querer el
“diálogo” o querer el “diálogo” es ser “de izquierda”. Este silogismo era
sentido común durante las décadas de 1970 y 1980 en el Perú. Actualmente, ha
variado: ser “demócrata” es querer el “diálogo” o querer el “diálogo” es ser “demócrata”.
Pura falacia.
El “diálogo social” es proclamado
por quienes, realmente, no creen en la democracia representativa, porque es un
mecanismo de “democracia participativa”, que busca influir (mejor dicho, “torcer”)
las decisiones de los representantes en busca de un supuesto “consenso” con los
representados, pero con quienes tampoco se dialogaría sino con quienes gritan más
fuerte “diálogo”. Ahí está, por ejemplo, la lingüista Patricia del Río llenándose
la boca hablando que “debió haber diálogo” con los anti-mineros.
Creo en la democracia basada en
partidos políticos, elecciones libres, instituciones e imperio de la ley. No creo
en el “diálogo social” de sujetos encapuchados lanzando piedras, quemando
vehículos, destrozando inmuebles, bloqueando carreteras, intimidando
disidentes, peleando con policías, gritando consignas y siempre oponiéndose a
algo.

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