Un hecho
histórico poco recordado, relevante en el Perú de hoy: el 04 de febrero de
1914.
El
protagonista: Guillermo Billinghurst, empresario, ex senador, ex presidente del
Senado y ex alcalde de Lima, a quien el Congreso encumbró a la Presidencia de
la República tras declarar nulas las elecciones generales de 1912. Eran los
años de la “República Aristocrática”: época de fraudes electorales y
manipulación de la voluntad popular, estabilidad política y continuidad
institucional, Estado oligárquico y economía patrimonialista.
Billinghurst
era un político demagogo, ambicioso y oportunista, quien consiguió llegar al
poder “mintiendo” hasta la saciedad y diciendo a las masas “lo que les gustaría
oír”. La historiografía no lo trata mal: le recuerda por la primera
reglamentación de huelgas, la jornada laboral de ocho horas en el muelle y la
dársena del Callao, la primera reglamentación contra accidentes de trabajo,
etc. No tenía apoyo partidario. El Congreso era opositor. Tampoco tenía
simpatías de los influentes diarios El
Comercio y La Prensa por
“anti-parlamentario” ni del Ejército, que lo acusaba de “chilenizador”.
El
presupuesto público de 1914 fue la razón de la progresiva confrontación
política. Billinghurst necesitaba una expansión fiscal para sus políticas de
subsidios y subvenciones, que contente a la población. El Congreso clausuró sus
sesiones de 1913 sin aprobar el presupuesto, por lo que Billinghurst lo aprobó
por decreto-ley: fue la primera violación a la Constitución de 1860. La segunda
fue cuando el Congreso canceló las elecciones intermedias para renovar un
tercio del Senado y la Cámara de Diputados y prorrogó los mandatos vencidos:
fue la segunda violación. Mientras, la violencia política aumentaba, alentada por
el Supremo Gobierno.
Entonces
Billinghurst, soberbio, decidió jugarse sus principales barajas: anunció a
inicios de febrero de 1914 la convocatoria a un plebiscito para renovar
totalmente el Congreso, eliminar los senadores y diputados suplentes, eliminar
las vicepresidencias de la República, reducir el número de senadurías y
diputaciones, limitar la iniciativa parlamentaria en el gasto público,
prorrogar el presupuesto público anterior si el Congreso no aprobase uno nuevo,
etc.
Aunque
Billinghurst no habló de un proceso constituyente, el plebiscito involucraba la
disolución del Congreso: era la tercera violación a la Constitución de 1860.
Turbas gobiernistas pululaban por las calles de Lima y el Ejército temía que el
Supremo Gobierno les diera armas de fuego para constituir milicias populares.
El Congreso reaccionó y conspiró con oficiales y soldados del cuartel Santa
Catalina. En la sublevación, fue asesinado el general Enrique Valera,
presidente del Consejo de Ministros y ministro de Guerra. Los sublevados fueron
hasta el palacio presidencial y se enfrentaron a la Guardia de Honor, que los
recibió con fusilería y metralla. Finalmente, los defensores se rindieron y
Billinghurst fue apresado.
El Congreso
había acordado conformar una “Junta de Representantes” para gobernar, a cargo
del diputado Augusto Durand. Se ignoró la línea sucesoria: fue la cuarta
violación a la Constitución de 1860. Al final, Durand no asumió sino el coronel
Oscar Benavides, líder de la sublevación militar. Después el Congreso lo “presidencializó”:
otra violación constitucional más.
Billinghurst
moriría en 1915. El Congreso estaba políticamente muerto y la “República
Aristocrática” terminaría en 1919. Todo, porque la Constitución de 1860 fue la
primera víctima política en morir. Lección a aprender.

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