El fantasma de 1930

El 22 de agosto se cumplen 85 años de una fecha histórica que, por desgracia, ha sido olvidada: la insurrección militar que acabó con la dictadura de Augusto B. Leguía.

La historiografía peruana llama a este episodio la “Revolución de 1930” y tuvo como epicentro a Arequipa y artífice a Luis Miguel Sánchez Cerro, un entonces comandante del Ejército inculto, vulgar, ambicioso y autoritario. Detrás estaban patricios como Clemente J. Revilla, hacendado y ex Ministro de Fomento y Obras Públicas, o Manuel A. Vinelli, químico-farmacéutico, Ministro de Hacienda y Comercio hasta el golpe de estado de 1919 que instauró la dictadura.

Sin embargo, una de las principales figuras públicas sumadas a la “Revolución de 1930” fue José Luis Bustamante y Rivero: jurista, catedrático universitario y tenaz opositor a Leguía. A él corresponde el llamado “Manifiesto de Arequipa”, un bello texto difundido por todo el país cargado de patriotismo, optimismo e idealismo. El texto dice: “Hace más de once años que sufre el Perú los crecientes desmanes de un régimen corruptor y tiránico, en el que se aúnan la miseria moral y la protervia política...”.

La condena a la dictadura de Leguía es demoledora: ha violado la Constitución de 1920, exacerbado el centralismo quebrando la unidad de la República, quebrado las finanzas públicas y elevado exponencialmente la deuda externa, agobiado a la nación con “desproporcionados e injustos” impuestos y recargados aranceles de importación, fomentado monopolios privados y beneficiado exclusivamente a capitalistas extranjeros, privado de independencia a los tribunales de justicia y saqueado las municipalidades, además de haber pervertido las universidades. También señala la censura vigente, la falta de libre pensamiento y la adulación y el servilismo al dictador, la corrupción del Ejército, etc.

Entonces vienen las promesas “Vamos a moralizar primero y a normalizar después la vida institucional y económica del Estado; para ello, hacemos hoy un supremo llamamiento a todos los hombres honrados del Perú, para derrocar a la tiranía más cínica que registrará nuestra Historia, restaurar nuestros fundamentos constitucionales y hacernos dignos hijos de una nación libre”. Básicamente, la “Revolución de 1930” prometió: moralizar la administración pública, cumplir y hacer cumplir la Constitución de 1920 mientras esté vigente, convocar a prontas elecciones generales verdaderamente libres, depurar la legislación, autonomía económica a los departamentos, garantizar la libertad de expresión, devolver la majestad al Parlamento y la excelsitud a la judicatura, redimir al indígena, beneficiar al proletariado, industrializar el país, castigar a quienes se enriquecieron ilícitamente con Leguía, desterrar las prácticas corruptoras y reorganizar las Fuerzas Armadas.

Salvo las elecciones generales de 1931, nada del florido manifiesto se cumplió por fracaso o falta de realización. Sólo fueron promesas que volaron con el viento y costaron al Perú décadas pérdidas de libertad, equidad y bienestar. Que ya no se pierdan más oportunidades.

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