No comenzaré este
artículo con las cifras oficiales sobre la pandemia COVID-19 en el Perú, porque
poca gente las cree.
En
un artículo de opinión publicado en el diario La República hace
varios días, el periodista Ricardo Uceda acepta que a toda cifra oficial de
contagiados hay que multiplicarla por 5. A pesar del compromiso económico por publicidad
estatal, los medios de comunicación empiezan a mostrar imágenes de los
hospitales colapsados, cadáveres amontonados en las morgues, protestas de médicos
y enfermeras por falta de mascarillas o ropa protectora, escasez de muestras
para despistaje masivo del virus (sin contar la fiabilidad) en laboratorios,
etc.
Es
el caos. La Policía Nacional está desmoralizada, porque sus efectivos caen y
caen contagiados, pero les faltan mascarillas y pruebas de despistaje. Les dan
raciones frías de comida. Si enferman, los maltratan. Si se quejan, los
sancionan. A los soldados del Ejército se les ve poco en las calles y con las
miradas perdidas. Parece que ya no saben qué hacen. Pese a las prórrogas, cada
vez es mayor el desacato al Estado de Emergencia, el toque de queda y el
“aislamiento obligatorio” para todo el país por la pandemia. La autoridad del
Gobierno nacional de ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República
mediante la sucesión constitucional de 2018 se debilita: el bono 380 es un fiasco,
pero ahora se anunció un “Bono Familiar Universal”, que no se sabe cómo lo entregarían
ni a quiénes. La Ministra de Desarrollo e Inclusión Social habló de eso, pero no
tiene credibilidad. La Ministra de la Producción habló de una “comisión” para estudiar
el reinicio de actividades productivas, pero son anuncios y más anuncios. No
hay un cronograma. El Ministro de Salud “no existe”, según el Decano del
Colegio Médico. La Ministra de Economía y Finanzas perdió su “encanto” por el “malogrado”
plan de reactivación económica y la última emisión de bonos de deuda pública
con (sospechosas) tasas de interés superiores al mercado internacional. El
Ministro de Transportes y Comunicaciones es un “payaso” hablando de “Bicicletas
Populares”. Al Presidente del Consejo de Ministros irrita oírlo. Por supuesto,
el “aventurero”, quien ahora pretende distraernos con su pedido de más facultades
legislativas al Congreso (más poder aun) para “clavar” un impuesto “solidario”
el siguiente año fiscal a los ricos, las clases medias y las empresas.
Mientras
tanto, miles de personas ya no tienen empleo ni perciben ingresos. Los ahorros
se acaban y nadie sensato se esperanza en bonos o canastas municipales del
Gobierno. Otros miles intentan viajar a distintos lugares del país para
reunirse con familiares o amistades, porque se quedaron sin dinero. Por
desgracia, esta migración interna a pie o vehículo (única en América Latina)
expandirá más la pandemia. Las empresas se tambalean o están por quebrar. En
Lima y otras ciudades los vendedores ambulantes comienzan a salir, porque entre
el hambre y el virus les asusta más lo primero. Las cárceles son una “bomba de
tiempo” de muchos presos clamando por protección sanitaria. Hay temor que la
delincuencia se “desborde”. El ambiente social está “cargado”. Se sienten la
desesperanza, la frustración, el miedo y el hartazgo. Del espíritu colectivo de
los primeros días (16, 17 o 18 de marzo), entusiasta, expectante, confiado o
seguro, no queda nada. Ahora hay rostros preocupados, angustiados o irritados. Inquieta
el presente y no hay certeza del futuro. Ni siquiera de los próximos quince
días.
En
este contexto, el “aventurero” cambió al Ministro del Interior. Parece que para
el Gobierno la principal preocupación no es la crisis humanitaria ya visible
sino el orden interno. Aún no dicen cuánta gente fue multada por violar el
“aislamiento obligatorio”, pero presiento empezarán a hacerlo. Creo que el “aventurero”
y su Gobierno tratarán de regresar a la dureza de autoridad de los primeros
días, pero la desobediencia civil se acentuará. Si respondiesen con mayor
represión, ahí estará el detonante para el “estallido social”. Todavía se puede
evitar.
Que
Dios nos proteja.
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