A diez años del “mega-juicio” ("ESPECIAL")


En medio del conflicto de Las Bambas entre comuneros y la empresa minera china MMG (aún no resuelto), ha pasado desapercibido un acontecimiento significativo.

Se cumplen diez años de la sentencia al ex dictador Alberto Fujimori, cuya condena fue a 25 años de prisión efectiva por homicidio calificado en las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta de 1991 y 1992, respectivamente, y el secuestro agravado del periodista Gustavo Gorriti y el empresario Samuel Dyer en 1992. Violación de derechos humanos y crímenes de lesa humanidad.

Fujimori fue extraditado de Chile en 2007 (a donde había arribado desde Japón) para ser juzgado por varios casos, entre ellos Barrios Altos y La Cantuta. Este proceso penal fue el más importantes de cuantos afrontó -y aún afronta- el ex dictador. Casi dos años demoró el juicio dirigido por los vocales supremos César San Martín, Víctor Prado y Hugo Príncipe. La acusación fue sustentada por los fiscales supremos Avelino Guillén y José Antonio Peláez. La defensa de Fujimori fue el abogado César Nakazaki. También hubo una parte civil defendida por conocidos abogados pro-derechos humanos como Gloria Cano y Carlos Rivera.

Fue un “mega-juicio”, reseñado por los medios de comunicación en los pormenores. En la primera audiencia un exaltado Fujimori dio su (famoso) gritó de “¡Soy inocente!”. En lo personal, fue un “espectáculo judicial”: Fujimori guiñó el ojo a su ex asesor Vladimiro Montesinos, Fujimori confesó que no leía la revista semanal Caretas, Fujimori se quedó dormido en una de las audiencias, etc. Como todo espectáculo tuvo un final: la lectura de sentencia, con una bella relatora de perfecta dicción, que se ganó aplausos.

“Autoría mediata” fue la teoría jurídica de novísima doctrina procesal usada para condenar a Fujimori. Su defensa legal -y política- alegaba que el ex dictador nunca conoció las actividades delictivas del destacamento militar Colina, autores materiales de las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, y los servicios de inteligencia, culpables de los secuestros de Gorriti y Dyer. Sin embargo, según la “autoría mediata”, no era necesario que Fujimori conociera de antemano las actividades de Colina y los agentes de inteligencia. Bastaba que nada hubiese hecho (especialmente, después del golpe de estado del 05 de abril de 1992) para detenerlos. Aunque la “autoría mediata” fue usada en nuevos juicios penales a Abimael Guzmán y su cúpula terrorista de Sendero Luminoso, esta teoría todavía genera polémica entre políticos y abogados penalistas.

Fujimori fue confinado al cuartel policial Barbadillo, donde se le acondicionó una pequeña prisión como mini-departamento. Con relativas comodidades y permanente asistencia médica, el ex dictador es el preso más oneroso del Perú: nos cuesta muchísimo más que un preso común. En Barbadillo, Fujimori cultivó la jardinería, pintó cuadros (“un adefesio”, dijo el pintor Fernando de Szyszlo), vio casarse a una de sus hijas, convocó partidarios, ganó judicialmente su derecho a tener teléfono público, entraba y salía por problemas de salud, etc. Así vivió sus días hasta 2017 cuando el indulto humanitario, pero es otra historia.

¿Cuál es el legado de ese juicio a Fujimori?. Siempre me remito a las palabras del ex procurador ad hoc Ronald Gamarra en 2009: no importa que Fujimori no llegue a cumplir los 25 años. Sólo haber sido juzgado y sentenciado es un primer paso a favor de la justicia y contra la impunidad en el Perú. Me quedo con eso.


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