Verónika Mendoza y Julio Guzmán saltaron a la escena política
como candidatos presidenciales durante las elecciones generales del año pasado.
Posiblemente, con o sin partido político propio, lo intentarán en 2021.
Mendoza, ex congresista, es el rostro más conocido de
la izquierda radical. Antropóloga de profesión, es bella, lista, pero tiene un
discurso duro y un mensaje bastante “ideologizado”. Por eso no pasó al ballotage presidencial. Ha trabajo en
ONG y conoce poco el Estado y el sector privado. Cree o quiere creer que el
Perú aún vive en las décadas de 1960 o 1970.
Por su parte, Guzmán es economista y ex viceministro
de Industria y PYMES. El Jurado Nacional de Elecciones lo retiró de la
contienda electoral, porque el partido político por el cual postuló violó
normas reglamentarias para enmendar el estatuto, cambiar el nombre y el símbolo
y designar las candidaturas. Se victimizó, despotricó de las elecciones, culpó
a sus adversarios y, hasta el final, quiso ser readmitido. A diferencia de
Mendoza, Guzmán no quiere “tumbarse” la democracia restaurada en 2001 (aunque
la dama lo niegue) y el modelo económico heredado de la década de 1990, pero
nunca se supo bien sus ideas o propuestas, porque su discurso era ambiguo y su
mensaje, contradictorio. Se sabe que es “sionista” y que quería alinear el Perú
con los intereses geopolíticos de Israel.
¿En qué se parecen Mendoza y Guzmán?. Son “jóvenes”,
pero inexpertos en política y soberbios. Propensos a la demagogia, la
irresponsabilidad y el voluntarismo. Por ejemplo, ante el escándalo
internacional Odebrecht y los 29 millones de dólares que la empresa
constructora brasileña habría sobornado en el Perú, Mendoza dijo que “no confía”
en el Ministerio Público, el Poder Judicial, el Congreso ni el periodismo para
investigar sino en la “vigilancia ciudadana”. Apelando al lenguaje infantil de
la campaña electoral, Guzmán dijo que Odebrecht será el “meteorito que acabará
con los dinosaurios políticos”.
Ya tuvimos un político similar. Inició su carrera en
la Asamblea Constituyente, en 1978. Dos años después fue electo diputado por el
APRA. Al poco tiempo, se hizo con la secretaría general de su partido imponiéndose
a políticos veteranos. Tenía una imagen juvenil y fresca. Lo bendecía una gran oratoria
y era encantador. También impetuoso, vehemente y arrogante. Su lenguaje era
populista y antiimperialista. En sesión de la Cámara de Diputados y acompañado
de simpatizantes encaró al senador Manuel Ulloa, Presidente del Consejo de
Ministros y Ministro de Economía y Finanzas. Era 1982. A partir de entonces, no
cesó de atacar al gobierno de Acción Popular. Criticaba tan iracunda y
persuasivamente que parecía saber lo que hablaba. Cuando comenzó la campaña
electoral en 1985, su partido lo designó candidato presidencial. Pronto la
mayoría del electorado caería rendida a sus pies y le votaría. Era un “Mesías”.
Así llegaría al Palacio de Gobierno.
Creo saben de quién hablo y cómo termina el relato.
Con Mendoza o Guzmán, cambia el protagonista, pero el desenlace sería parecido.


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