Una noticia trascendental dio la
vuelta al mundo la semana previa a la Navidad: los Estados Unidos restablecerían
las relaciones diplomáticas rotas desde 1961, lo que podría poner fin al
llamado “embargo” a la isla y el inicio de una nueva etapa para ambos países.
Tras la Revolución en 1959, la
dictadura entronizada empezó a arrestar, encarcelar y fusilar opositores.
También suprimió los partidos políticos, intervino los sindicatos, impuso la
censura, abolió la educación privada, hostigó a la Iglesia Católica e inicio una
(radical) reforma agraria. Además, nacionalizó miles de grandes y medianas
empresas, tanto de capitales cubanos como extranjeros. En 1961 Fidel Castro,
entonces primer ministro y dictador revolucionario, se declaró marxista-leninista
y proclamó el carácter comunista de la Revolución.
Un año antes los Estados Unidos
impusieron el “embargo” (después convertido en ley), que ha continuado hasta ahora
prohibiendo a empresas estadounidenses hacer negocios en Cuba, pero garantizándoles
que la justicia estadounidense los protegería si sus bienes eran expropiados
sin pago de justiprecio. No hubo ninguna restricción al comercio exterior
(eso vino por el lado cubano) ni impedimento a empresas de otros países para
hacer negocios en la isla. Se quiso ahogar financieramente a la dictadura, que
dio la bienvenida a la ayuda soviética entonces y, recientemente, la “generosidad”
de Venezuela. Ahí ocurrió la ruptura.
En 1960 se celebró reunión de
cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA) en Costa Rica. El
Perú fue representado por Raúl Porras Barrenechea, el Ministro de Relaciones
Exteriores del gobierno de Manuel Prado. Los Estados Unidos buscaba una condena
unánime a la Revolución y Porras la impidió. El diario La República ha publicado
el discurso de ese día, donde el historiador y senador expresó que el Perú se
adhería “al principio de no intervención
venga ésta de donde viniere, su respeto a la personalidad del Estado como base
del orden internacional y a la libre determinación de los pueblos”. Condenó
tibiamente la influencia de la Unión Soviética y, románticamente, pedía que la
Revolución no se “desviará”. No vio el “terror rojo” en ciernes y pagó cara su
ceguera.
Al volver a Lima, nadie fue a
recibirlo. Pedro Beltrán, entonces Presidente del Consejo de Ministros, le
pidió que renunciara y lo hizo. Poco tiempo después Porras falleció. Cuando la
carroza fúnebre pasó frente a la casona San Marcos, tenía orden de seguir de
largo. Los estudiantes “rojos” la detuvieron y le rindieron último homenaje. No
vivió para ver la “gratitud” de Castro hacía el Perú manifestada en las
guerrillas comunistas de la década de 1960, la complicidad con la dictadura del
general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), el incidente de la embajada peruana
en La Habana de 1980 o el apoyo al terrorista Movimiento Revolucionario Túpac
Amaru (MRTA).
Que los Estados Unidos adopten la
política que quiera hacia Cuba, pero el Perú debe relacionarse con Cuba sin
olvidar que esa dictadura tiene cuentas pendientes con nosotros.


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