Bicameralidad tardía

 

De sorpresa, el Congreso debatió y aprobó la reforma a la Constitución de 1993 para restablecer la bicameralidad.

Desde el retorno a la democracia en 2001 el Congreso debatió -e incluso aprobó un par, sin éxito- proyectos de reforma constitucional para que haya nuevamente un Senado y una Cámara de Diputados, como los hubo en Perú hasta el golpe de estado del 05 de abril de 1992. Todas las iniciativas eran buenas y la reforma aprobada recientemente también lo es: sesenta senadores y ciento treinta diputados bajo un “bicameralismo imperfecto” (cada cámara tiene atribuciones diferentes) y algunas innovaciones en las relaciones institucionales entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo.

A diferencia de anteriores ocasiones, esta vez el abrumador resultado en la Cámara fue inédito: 93 votos a favor, 28 en contra y una abstención. Votaron todas las bancadas “de derecha”, muchos congresistas “centristas” y algunos de izquierda radical. Como fue una primera votación y se requiere una segunda, todo pareciera indicar que se repetiría el mismo número de adherentes, porque -además- esta reforma constitucional abre la posibilidad que los actuales congresistas puedan postular a una senaduría o una diputación. Sin embargo, hay una objeción moral y otra política para rechazar toda la reforma constitucional.

En el Referéndum de 2018, impulsado por el nefasto gobierno de Martín Vizcarra, las preguntas sobre la prohibición de reelección parlamentaria inmediata y el restablecimiento de la bicameralidad tuvieron una categórica respuesta ciudadana: 85.80% votó SI frente a 14.19% que votó NO y 9.48% votó SI frente a 90.51% que votó NO, respectivamente. Como he declarado antes, quien escribe votó NO a prohibir la reelección parlamentaria inmediata y SI al restablecimiento de la bicameralidad, pero quedé en minoría. Por tanto, al margen de politizados razonamientos jurídicos, al aprobar el restablecimiento de la bicameralidad sin un referéndum ratificatorio, el Congreso se ha “cargado” la voluntad popular libremente expresada en las ánforas. Paradójico: los promotores de esta reforma constitucional se hacen -o se hacían- llamar “bloque democrático”.

Creo la gran mayoría de la ciudadanía se sentirá burlada por el Congreso. Para todos ellos, los congresistas legislan sin interesarles el voto popular (encima aprovechando la distracción del día cuando se jugaba un partido de la selección nacional de fútbol), con el aplauso de juristas y periodistas, convirtiendo la Constitución de 1993 en un instrumento para satisfacer intereses políticos. Como expresé antes: la Constitución de 1993 está muerta hace tiempo (falta la llegada de su sepulturero) y cada vez es mayor el rechazo ciudadano a la sola existencia del Congreso. El discurso antiparlamentario será muy fuerte para las elecciones generales de 2026 y sus voceros en campaña encaminarán al país poco a poco hacia un inexorable proceso constituyente a futuro.

Quienes resultasen elegidos senadores o diputados en los comicios parlamentarios de 2026 me temo que, posiblemente, sean los últimos.

 

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