Se estrena en las salas de cine la película peruana Utopía.
El argumento está basado en un suceso trágico, que
demostró al Perú que, cuando un sistema de administración de justicia es
deficiente y arbitrario, ni siquiera los ricos se salvan.
Todo empezó el año 2002 cuando se inauguró la
discoteca Utopía en el centro comercial Jockey Plaza en el distrito de Surco,
Lima. Fue una de las discotecas más caras y exclusivas de la capital. Durante
los primeros meses era punto de reunión de jóvenes pertenecientes a la clase
alta esencialmente limeña.
El 19 de julio Utopía organizó la fiesta temática Zoo. La administración alquiló a un
circo mexicano un tigre, un chimpancé y un caballo. También distribuyó tres mil
invitaciones dobles. En la madrugada del día siguiente, sábado, en medio del espectáculo
de los disk jockeys con antorchas
encendidas y latas llenas de bencina (¡!), el falso techo de madera comenzó a
incendiarse. En pocos segundos el fuego se extendió por toda la cabina. Parte
de los asistentes fue corriendo a la puerta principal, cuya vigilancia la había
cerrado para evitar ingresos no-permitidos. Quienes estaban cerca de las llamas
intentaron apagar el fuego arrojándole cerveza u otras bebidas alcohólicas.
Craso error.
Ante el incendio, el Jockey Plaza cortó la
electricidad apagando los equipos de sonido y las luces. Asustados por las
llamas, los gritos de los animales y algunas personas sembraron el pánico y la
desesperación por salir. No había señalización para salidas de emergencia.
Tampoco suficientes extintores, alarmas ni aspersores de agua. El revestimiento
plástico en las paredes convirtió la discoteca en una “trampa mortal”. El humo
penetraba los cuatro niveles del lugar. Gente trataba de salir como sea o
refugiarse en los baños para no respirar el humo tóxico.
El Cuerpo General de Bomberos Voluntarios y la Policía
Nacional llegaron al centro comercial. Esa noche había alrededor de mil
asistentes. Muchos fueron socorridos por paramédicos, algunos llevados en
ambulancia a hospitales, pero treinta jóvenes murieron en la discoteca. No
importan sus nombres y apellidos. Eran hombres y mujeres, entre 20 y 30 años de
edad. No merecían ese final abrupto de sus vidas.
¿Hubo responsables? Ahí empezó el drama narrado en la
película. El Congreso creó una comisión investigadora presidida por el entonces
congresista Jorge Mufarech. La Comisión Mufarech encontró responsabilidad penal
en varios implicados, pero el Ministerio Público y el Poder Judicial tuvieron otro
criterio, más “selectivo”. Así lo comprobaron padres y madres de las víctimas,
quienes iniciaron acciones legales.
El entonces alcalde de Surco, Carlos Dargent, fue
excluido del proceso judicial, a pesar que su municipalidad autorizó la
apertura de la discoteca. En 2005 fueron condenados el barman Roberto Pereyra y
el administrador Percy North, con quien la justicia se “ensañaría” al mismo
tiempo que excluía a los dueños de Utopía, Alan Azizollahoff y Edgar Paz. En
2013 el caso se reabrió para incluirlos. Un año después fueron condenados a 4 años
de prisión (¿?), aunque hace tiempo huyeron del país: hoy Azizollahoff está en
los Estados Unidos y Paz en México.
Por la tristeza de haber perdido a sus hijos y la
“inhumanidad” de fiscales y jueces, varios padres o madres morirían
posteriormente. En la actualidad, quedan vivos algunos, quienes aún no se
rinden en la lucha para que la justicia actúe.
En la coyuntura presente, cuando tantas voces hablan
de “reforma”, la tragedia de Utopía debe enseñarnos a todos una lección: todos
merecemos una justicia eficaz y correcta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario