El congresista Carlos Bruce reavivó esta vieja
polémica de la democracia restaurada en 2001: la excarcelación del ex dictador
Alberto Fujimori.
Fujimori, en prisión desde 2007 cuando fue extraditado
de Chile, fue condenado dos años después a 25 años de cárcel por violaciones a
los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad. También tiene otras
sanciones penales por corrupción, que no suman más años de prisión. Está
recluido en una prisión acondicionada para él dentro del cuartel policial
Barbadillo, a las afueras de Lima. Vive con más confort que la gran mayoría de
reos: televisión, acceso a Internet, buena atención médica y hasta teléfono
público. En estos años, se aficionó a la pintura en acuarela y la jardinería.
En 2013 la familia pidió al gobierno de Ollanta Humala
el “indulto humanitario” a Fujimori por salud deteriorada y avanzada edad, pero
fue denegado. Indultar es una facultad presidencial absolutista, pero ya “regulada”
por normas y jurisprudencia. No es posible indultar per se a Fujimori (aunque pueda pedirlo al Presidente de la
República la actriz Karina Calmet), porque “violentaría” el ordenamiento
jurídico.
Hace años se habla de modificar el Código de Ejecución
Penal de 1991 y permitir que el ex dictador termine su condena en “prisión
domiciliaria”. Salvo el congresista Roberto Vieira, autor de un proyecto de ley
sobre “prisión domiciliaria” para reos mayores de 75 años de edad (Fujimori
está cerca de los 80 años), y algunos fujimoristas fuera del Congreso, el
fujimorismo ni la familia lo buscan. La iniciativa también podría beneficiar a reos
ligados a Fujimori, como su ex asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos.
¿Realmente, Fujimori quiere salir de la cárcel?, ¿la
familia quiere a Fujimori afuera?. Si el ex dictador saliese de Barbadillo para
cumplir “prisión domiciliaria”, requeriría una vivienda. Tendría que mudarse
con su hija mayor y ex congresista, Doña Keiko, o con su hijo menor y actual
congresista, Kenji. Para cualquiera de los dos, la presencia del padre en casa
acabaría con la paz y tranquilidad del hogar. De inmediato, los exteriores de
la vivienda se convertirían en lugar de “peregrinación política” para los
seguidores de Fujimori o protesta para sus detractores.
Adicionalmente, Doña Keiko, dos veces candidata
presidencial, necesita fortalecer más su liderazgo dentro del fujimorismo. El
padre en casa empezaría a restarle poder e influencia dentro del movimiento
político, que él se considera líder-fundador. Si fuese donde Kenji, el padre
intentaría influir políticamente a través del hijo, quien está aumentando su
liderazgo frente a la hermana, y le perjudicaría su futura proyección política.
Por último, al propio Fujimori tampoco le conviene.
Sabe bien que cuando se enferma, lo trasladan a una clínica privada. Si llegase
la hora de su muerte, no moriría en Barbadillo. Fuera de la cárcel no tendría los
cuidados y las comodidades que adentro. Además, puede seguir victimizándose
políticamente en Barbadillo, pero afuera ya no.
Entonces, ¿quién quiere fuera a Fujimori?.

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