Empezó la era PPK

Llegó el día: el economista Pedro Pablo Kuczynski juró ante el Congreso como el nuevo Presidente de la República. Horas después, en el Patio de Honor del Palacio de Gobierno juraron el Presidente del Consejo de Ministros y los demás integrantes del gabinete ministerial.

Según la Constitución de 1993, salvo el primero, todos los Mensajes a la Nación del 28 de julio necesitan la aprobación ministerial (la Constitución de 1979 no hacía excepciones), por lo cual el discurso inicial sería entera creación presidencial. En alrededor de 40 minutos (¡nunca me han gustado los discursos largos!), Su Excelencia nos ha dicho el Perú con el cual “sueña”: un país con educación y salud “de calidad”, una justicia “predecible”, seguro, “reconciliado”, moderno. Sin desigualdad ni discriminación. Fue un discurso sobre su “visión a futuro”. Casi no hubo anuncios específicos. La política general y las acciones concretas quedan para el debate parlamentario por la “cuestión de confianza”. Si algún tema faltó o no se profundizó mucho, posiblemente, no tendrá mayor prioridad para el nuevo Gobierno.

La mayoría fujimorista en la Cámara estuvo impertérrita. Ni un solo aplauso, aunque fuese por cortesía. Con ellos no era la ceremonia. ¿Una pequeña muestra de cómo actuarán los próximos cinco años? Quizá no. En cuanto a los “rojos” de la bancada del Frente Amplio, sólo aplaudieron al Presidente de la República para recibirlo y despedirlo. Tampoco perdieron tiempo para “provocar” al fujimorismo. ¿Otra pequeña muestra de cómo actuarán los próximos cinco años?. Tal vez me equivoque. Otras bancadas guardaron mayor compostura. Luz Salgado, presidenta del Congreso, estuvo a la altura de las circunstancias.


Esperaba anuncios en distintas materias, pero no me decepcionó el discurso. Me gustó que invoque el lema nacional “Firmes y felices por la unión”. Sin embargo, me agradó mucho más la comunicación no verbal: que Su Excelencia llegara al Palacio Legislativo con su viejo automóvil de la campaña electoral, que después fuera caminando hacia el Palacio de Gobierno y se quitara la simbólica “banda presidencial” tan pronto entró, que saludara a la gente en los alrededores, que la juramentación ministerial no fuera en el tradicional Salón Dorado, que -sin malicia- algunas veces rompiera el protocolo, que invitara a la sinfónica juvenil de Manchay y después se acercara un momento a tocar la flauta dulce, que ordenara mayor acceso del público a la Plaza Mayor y calles aledañas para la ceremonia, etc., transmiten un mensaje: un Gobierno cercano a la ciudadanía.

Fundamentalmente, el Presidente de la República ha querido infundir esperanza, optimismo y algo de alegría durante una celebración cívica que, en contraste con el resto de América Latina, es gris y aburrida. Que, además, estuvo marcada por peruanos y peruanas deseosos que ya finalizara el gobierno anterior o quienes aún están resentidos por la ajustada victoria electoral. No sé si tuvo tenido éxito, pero si siento esperanza, optimismo y algo de alegría por el nuevo Gobierno.

Por ahora, ¡qué viva el Perú!.

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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