Las cifras oficiales de contagiados y hospitalizados por la pandemia viral COVID-19 superan los ciento treinta mil y nueve mil, respectivamente. Sin embargo, la cifra oficial de fallecidos pronto llegará a los cuatro mil.
Quienes accedemos vía Internet o televisión satelital a medios de comunicación extranjeros y agencias internacionales de noticias hemos visto las imágenes de enfermos por virus falleciendo en hospitales colapsados, las pilas de cadáveres en las morgues, los numerosos féretros en los cementerios para entierro o cremación, las brigadas de recojo de cadáveres en viviendas, etc. Los testimonios recogidos por los corresponsales de prensa asumen que la cifra real de fallecidos es tres o cuatro veces superior a la estadística oficial.
El Gobierno nacional de ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018 ha negado que esté “ocultando muertos”. Incluso el “aventurero” tildó las notas informativas sobre las muertes como “desinformación”. No obstante, la verdad se sabrá posteriormente. Cuando el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC) actualice sus bases de datos sabremos cuántos fallecieron desde el inicio de la pandemia. No dude que habrá investigaciones. Por ejemplo, en 2003, con el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación sobre el “conflicto armado interno” (1980-2000), se descubrió la cifra más exacta de sesenta y nueve mil víctimas: entre muertos, heridos, torturados y desaparecidos.
Suponiendo que la cifra oficial fuese auténtica, es bastante elevada. Pocas veces en nuestra Historia, tantas personas en el Perú murieron en tan poco lapso de tiempo y por casi la misma causa. Casi todos los periodistas y el Gobierno nos están acostumbrando a los fríos números. Detrás de cada fallecido o fallecida había un padre, una madre, un hijo, una hija, un hermano, una hermana, un abuelo, una abuela. Detrás de cada fallecido o fallecida había alguien con o sin dinero, con o sin estudios, con o sin familia. Detrás de cada fallecido o fallecida había alguien con sentimientos, emociones, sueños, temores. Detrás de cada fallecido o fallecida había alguien que quería vivir, quien no merecía morir.
¡Por Dios!, casi cuatro mil fallecidos. En cada “conferencia de prensa” en el Palacio de Gobierno se debiera comenzar con un minuto de silencio. También en cada sesión de la Cámara en el Congreso. Las televisoras debieran colocar en la parte superior de la pantalla un lacito negro en homenaje a las víctimas. Los programas noticiosos en las radioemisoras debieran iniciar con el pésame a los seres queridos de cada víctima. Diarios y revistas debieran imprimir sus ediciones con un lacito negro en sus portadas por respeto a los fallecidos.
A diferencia de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia
o Chile, en el Perú (aún) no hay protestas ciudadanas exigiendo responsabilidades
políticas o penales. No aceptemos como país que se “oculte muertos” u olvide a
los fallecidos. Piense que un fallecido o una fallecida por la pandemia puede o
pudo ser usted.
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