Recientemente, el Arzobispado de Lima anunció que la tradicional Procesión del Señor de los Milagros cada octubre no se realizaría este año.
Pese a haber algunos indicios que este septiembre, por fin, las tasas de contagios y fallecimientos por la pandemia viral COVID-19 estarían amainando, sería muy arriesgado permitir la concentración de cientos de feligreses católicos en las calles del Centro de Lima para la veneración de la sagrada imagen. Además, como es probable la novena prórroga al Estado de Emergencia en todo el país, continuarán restringidas las libertades de tránsito y reunión.
Sin embargo, un detalle llama la atención hace varios meses: el Gobierno nacional de ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018 se niega reiteradamente a autorizar servicios religiosos o reuniones de culto. Hace algunas semanas la (desacreditada) Ministra de Salud insistió que la reapertura de templos “ni siquiera está contemplada”, en el corto o mediano plazo. A su vez, la (desdibujada) Ministra de Economía y Finanzas habló de la “fase 4” de reapertura económica, que incluiría permitir el aumento del aforo en establecimientos comerciales. Por último, el Ministerio de Cultura anunció hace una semana los protocolos sanitarios para el reinicio de eventos culturales como conciertos de música u obras de teatro. Entonces, ¿por qué no los servicios religiosos y las reuniones de culto?.
Aunque ese “aventurero” maligno no respete a sus semejantes y, probablemente, no tema a Dios, parece quedarnos la explicación ideológica: este Gobierno es “ateísta”, porque lo apoyan políticamente “rojos” y “rojimios”, quienes están más anti-religiosos que nunca. Ya no son clásicos ateos o agnósticos (como el periodista Pedro Salinas) sino perversos que desean “descristianizar” el Perú. Por ejemplo, pienso en el ex regidor metropolitano Augusto Rey, quien antes de la pandemia promovía una campaña en redes sociales para que el Congreso revirtiera la corrección a la letra del Himno Nacional, realizada en 2009 por el gobierno de Alan García, porque le parece “inaceptable” la mención al “Dios de Jacob” para un “país laico”.
No se trata de alguna confesión en particular. La negativa de este Gobierno criminal y criminoso a permitir los servicios religiosos y las reuniones de culto afecta a católicos, evangélicos, mormones, adventistas, metodistas, judíos, musulmanes, etc. La lucha debe ser por la libertad de reunirnos en los templos para profesar nuestra fe y recibir guía espiritual, dentro de los parámetros de distanciamiento social e higiene personal por la pandemia.
¿Nadie en el Congreso abogará por la reapertura de los templos?, ¿decanos de los colegios de abogados en el país no presentarán una acción de amparo ante el Poder Judicial por los servicios religiosos y las reuniones de culto?. La gran mayoría de peruanos y peruanas necesita regocijo y consuelo en sus tradiciones y religiones. Sanar las heridas. Encontrar palabras de aliento. Recobrar fuerzas. Salir adelante.
Mejor
dicho, necesita a Dios.
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