Recientemente, el Ministerio
Público archivó la investigación fiscal contra Martín Vizcarra, ex presidente
regional de Moquegua y actual primer vicepresidente de la República.
Cuando fue Ministro de
Transportes y Comunicaciones, Vizcarra fue acusado de favorecer al consorcio argentino-peruano
que iba a construir, mantener y operar el futuro aeropuerto internacional de
Cusco con una polémica adenda al contrato de concesión. Pocas voces señalamos
entonces que no había ningún acto ilícito ni corrupto en esa adenda al contrato
firmado en 2014, pero desde el Congreso y los medios de comunicación atacaron a
Vizcarra sin piedad forzando su renuncia. Fueron particularmente incisivas las acusaciones
del congresista Víctor Andrés García Belaunde, quien -incluso- lo llamó
públicamente “vende-patria”. Hoy, tras el archivamiento de la investigación, no
lo hemos visto disculparse.
Más allá de Vizcarra y García
Belaunde, quien es conocido por “criticón” y “acusete”, muchos políticos,
intelectuales, artistas o periodistas tienen una increíble facilidad para decir
lo que sea sin responsabilizarse usando la tribuna que encuentren disponible.
Por ejemplo, en enero pasado, Ricardo Zúñiga, conocido en la farándula local
como “Zorro Zupe”, fue condenado por el Poder Judicial a 4 meses de prisión,
porque desde un programa de televisión hace tiempo había emitido falsedades e
insinuaciones sobre el futbolista Carlos Zambrano.
Este gusto morboso por la “difamación”
(hay que decirlo claramente: difamación) es antiguo en el Perú. Por ejemplo, el
diario El Comercio, fundado en 1839,
contaba inicialmente con columnas de “comunicados” pagados, donde quien podía
se despachaba a sus anchas contra quien quisiera y eran muchos los “aficionados”
a comprar esos espacios o leerlos.
Si el Perú es un país donde se
cree toda acusación y se desconfía de cualquier defensa, ¿de dónde proviene
esta costumbre del chisme, la murmuración y la maledicencia?. Quizá la explicación
esté en esa mentalidad cortesana y servil de origen andaluz heredada del
virreinato español. Tras el virrey, los oidores, los corregidores, los
alcaldes, los curacas, los patronos, los obispos, etc., había siempre una
legión de interesados en buscar sus favores. Cada uno competía contra los otros
y para ganar era necesario “eliminar” al rival. La manera más sencilla era “desacreditándolo”
ante los demás. No interesa qué se diga: lo importante es que quede mal.
Aunque el escritor Ricardo Palma
plasmó ese Perú deliciosamente en sus Tradiciones Peruanas, publicadas en
1872, ¿cuánta de esa realidad vemos hoy en falacias maliciosamente propaladas
por Facebook y Twitter, por ejemplo?. No en vano los extranjeros que recién
conocen el Perú se horrorizan no sólo de nuestra ligereza verbal en las redes
sociales sino de la “licencia periodística” en TV, radio o prensa escrita para
señalar, acusar o mentir impunemente. Esa realidad también está en centros de
estudios, oficinas, vecindarios, etc.
Algún día el Perú se librará de
esa cultura difamatoria, pero hay que empezar por denunciarla. Ya es hora.


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