Juraron los nuevos congresistas y, de nuevo, presenciamos
juramentos patéticos contrarios a la majestad del Congreso.
Ante el Presidente de la Junta Preparatoria de la
Cámara, el parlamentario de mayor votación (disposición que data del Estatuto
Electoral de 1931), quien les dijo “¿Juráis
por Dios, la Patria y estos Santos Evangelios (los no-creyentes pueden
prescindir de la invocación a Nuestro Señor y pedir el retiro del Crucifijo y
la Biblia), cumplir fielmente sus deberes
y obrar conforme a la Constitución, la ley y el reglamento vigente y guardar
secreto en asuntos así calificados?”, congresistas de casi todos los partidos
políticos juraron por cualquier cosa.
Hay quienes juraron por sus padres, sus comunidades,
sus muertos, sus ideologías, etc. Quienes se llevaron las palmas de la
ridiculez fueron quienes juraron por las víctimas de la “masacre de La Cantuta”
y las “esterilizaciones forzadas”, la lucha anti-corrupción, la defensa del
medio ambiente, el no-retorno del terrorismo, la oposición a proyectos mineros
(hasta se mentó el proyecto Las Bambas), la “Pacha Mama” o el indulto al ex
dictador Alberto Fujimori. Ni mencionar a quienes juraron con el puño en alto o
cargando objetos, como si estuviesen en mitin partidario. Pocos se limitaron a
responder la pregunta con la mano levantada y diciendo sólo “¡Sí, juro!”.
¿Creen esos parlamentarios que recibirán más aplausos
de gente común y corriente por convertir la solemnidad de la juramentación en espectáculo
barato?. Quizá me equivoqué, pero creo que esta costumbre comenzó con los senadores
y diputados de la alianza Izquierda Unida en la década de 1980 y hoy la practican
integrantes de cualquier partido político.
En 1822 el protector José de San Martín convocó al
Congreso General Constituyente para cederle sus poderes adquiridos tras la
Independencia. El 20 de septiembre de ese año (esta fecha se conmemoraba hasta
1920) los diputados concurrieron a la Catedral de Lima y tras la celebración de
la misa votiva del Espíritu Santo, se les tomó el juramento a todos en simultáneo.
“Diputados, ¿juráis
conservar la santa religión católica, apostólica, romana, como propia del
Estado; mantener en su integridad el Perú; no omitir medio para libertarlo de
sus opresores; desempeñar, fiel y legalmente, los poderes que os han confiado
los pueblos; y llenar los altos fines para que habéis sido convocados?”. Entonces respondieron al unísono:
“¡Sí, juramos!”. Después de dos en
dos tocaron la Biblia y San Martín finalizó: “Si cumpliereis lo que habéis jurado, Dios os premie; y, si no, Él y la
Patria os lo demanden”.
Respecto y fortalecimiento de las instituciones pasa
por guardar formalidades y no mancillar la solemnidad de actos protocolares.
Personalmente, invocaría a Dios, pero juraría sobre la Constitución (aunque sea
la de 1993), no la Biblia. En cualquier caso, convertir la instalación de la
Cámara y la juramentación de los congresistas en circo de malabarismo verbal y payasada
ramplona NO es de demócratas.
Apuesto que ellos serán los primeros en romper sus
juramentos.

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