El Festival
de Cine de Lima estrenará un documental sobre la vida de Javier Heraud, poeta
soñador, mal entendido hoy como ayer, a quien su temprana muerte preservó como
imagen idealizada.
Heraud
nació en 1942 dentro de una familia de clase media “tradicional”. Estudió en el
elitista Colegio Markham. Era introvertido, su cuerpo no le ayudaba y gustaba
de leer mucho. Dulce blanco para los buscapleitos. En 1958 fue primer puesto en
la admisión a la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica del
Perú. Ese año obtuvo una plaza docente para enseñar inglés y español. Dos años
después era profesor de inglés en el Colegio Nuestra Señora de Guadalupe.
En 1960
Heraud publicó sus primeros poemarios y hasta ganó el primer premio de un concurso
de poesía. Al año siguiente, se inscribió en la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos para estudiar Derecho. Nunca le interesó la carrera y sólo lo hizo
para complacer a su padre. No obstante, en San Marcos, nuevas amistades lo
llevaron por el sendero que marcaría su final.
En el Perú
eran años de agitación política de izquierda radical. Por eso en 1961 Heraud se
afilió al “rojimio” Movimiento Social-Progresista (MSP) del abogado Alberto
Ruiz-Eldredge. Los círculos literarios de San Marcos sirvieron a Heraud para
publicar más obras poéticas. También su activismo político se intensificó:
participó en una pelea callejera contra exiliados cubanos contrarios a la
Revolución en Cuba frente a la Basílica de San Francisco en Lima. Hubo varios detenidos
por la Guardia Civil. A los dos meses viajó a la Unión Soviética invitado al
Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Durante quince días en
Moscú, plasmados en dos poemas, y frente al mausoleo de Vladímir Ilich Uliánov,
“Lenin”, Heraud se hizo comunista.
Heraud
también viajó a la China maoísta (durante la hambruna del “Gran Salto Adelante”)
y Francia. Visitó en París la tumba de nuestro escritor César Vallejo. Después
pasó por la España franquista antes de regresar al Perú. Para 1962 el MSP y su
“socialismo humanista” parecían insuficientes a Heraud. Renunció, porque se
sentía “revolucionario”. Ese año recibió una beca para estudiar Cinematografía
en Cuba. Viajó desde Chile y con una comitiva chilena. Allí caería rendido ante
Castro y la Revolución. “Vi a Fidel de
piedra movediza y escuché su voz de furia incontenible hacia los enemigos. Y
recordé mi triste Patria, mi pueblo amordazado, sus tristes niños, sus calles
despobladas de alegría”, dijo. No le interesaron fusilados, presos,
expoliados ni exiliados de Cuba. Para Heraud, Castro era “el hombre de la Revolución” y lo catalogó de “sencillo, normal y amistoso”. Fue en Cuba cuando Heraud decidió
hacerse guerrillero.
En 1963
Heraud volvió al Perú. Regía la Junta Militar de Gobierno. Heraud se unió al
“Ejército de Liberación Nacional” (ELN), formado un año antes por el sociólogo
Héctor Béjar y compuesto por disidentes del Partido Comunista. En Puerto
Maldonado, Béjar, Heraud y otros militantes del ELN fueron capturados por la
Guardia Republicana tras haber ingresado armamento clandestino desde Bolivia.
Antes de ser llevados a la comisaría, uno de los guerrilleros sacó una pistola
y mató un policía. Los policías respondieron disparando e hirieron a dos
militantes, mientras los otros escaparon. Heraud y otros tres fugitivos huían
en un cayuco por el río Madre de Dios disparando a sus perseguidores, quienes
respondieron con ráfagas de metralleta. En la refriega, diecinueve balas
impactadas en el pecho mataron al joven poeta. Tenía 21 años de edad.
Heraud no
es inspiración para nadie. Era brillante, quería cambiar la realidad. Sin
embargo, abrazó una ideología totalitaria y estuvo dispuesto a matar por un
sueño revolucionario. No murió luchando por ningún ideal. Murió equivocado y
debió vivir para darse cuenta de su error.

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