Medio en broma, medio en serio, miré en la red social Twitter la convocatoria de los maoístas de Patria Roja a una “jornada nacional de lucha” el martes 23 de junio.
Digo medio en broma, medio en serio, porque la protesta era en la Plaza Dos de Mayo del Centro de Lima, estando vigente el Estado de Emergencia y la restricción a la libertad de reunión. ¿Motivo?. Para variar, ¡una nueva Constitución!. A esos oportunistas, unos incapaces de lograr representación parlamentaria desde la transición a la democracia en 2001, no les dedicaré un reglón más. Sin embargo, otros “rojos” o “rojimios” comienzan a reimpulsar su agenda política-ideológica con la excusa de la catástrofe humanitaria por la pandemia viral COVID-19 y la durísima crisis económica consecuente.
Tomé nota del periodista Eloy Marchán. Otrora discípulo de César Hildebrandt, Marchán parece un periodista decente. Es socialdemócrata en política, pero “rojimio” en economía. Vivió en España y, quizá, simpatice con Pablo Iglesias y su patota comunistoide. Soslaya que “las crisis pueden tener dos consecuencias: profundizar las brechas socioeconómicas o producir un verdadero cambio”. Depende. Depende de qué originó la “crisis”. No obstante, si hay un sentimiento colectivo de desesperanza en el país. Si hasta el 16 de marzo, fecha inicial del Estado de Emergencia, el Perú parecía tener un futuro prometedor, ¿qué ocurrió?.
La izquierda radical culpa al modelo económico heredado de la década de 1990, pero es una crítica ideológica. ¿Qué habría revelado la pandemia y el drama social subsiguiente?. Primero, hay pobreza y pobreza extrema. Por supuesto, siempre la hubo. Segundo, la cobertura de agua y desagüe es bajísima para un país con el estándar de desarrollo humano que tenemos. Obvio, lo sabemos hace mucho tiempo. Tercero, el sistema de salud pública es deficiente. Claro, es tarea pendiente de capital, gestión e inversión. Cuarto, muchas personas no cuentan con un seguro de desempleo o algún tipo de compensación por cesantía. Bravo, ¿qué esperar de un mercado laboral rígido por costoso, cuya legislación beneficia a una minoría y el resto trabaja “informalmente”?.
Personajes como Marchán continuarán ideologizados el resto de sus vidas, pero a ustedes les pido mirarnos como país lo que somos, no lo que creemos que somos. ¿Qué somos?, ¿qué es el Perú?. Un país pobre, por mucho tiempo paupérrimo, que en las décadas de 2000 y 2010 empezó a crear riqueza y vivir mejor que antes, pero sin resolver -de fondo- sus principales problemas.
Los últimos dos años el Perú vivió una fantasía. Un sueño, según el cual, la construcción de un mejor país no pasaba por tener mejor educación, mejor salud, mejor infraestructura. No, el sueño consistía en que todos nuestros males se resolverían “metiendo en la cárcel a los corruptos”. El principal promotor del engaño fue el “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018, quien ahora nos quiere convencer que él y su Gobierno inútil y asqueroso no tienen la culpa de nada.
Es la hora
de despertar.
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