Oí por TV al empresario Hernando “Nano” Guerra García
oficializando su pre-candidatura presidencial por la facción “burócrata” de la
izquierda radical, donde están -entre otros- el Partido Comunista y los
maoístas de Patria Roja.
Guerra García es más tecnócrata que ideólogo. En la década
de 1990 participó en la reorganización de la empresa estatal EDITORAPERU,
aunque después dirigió el diario oficial El
Peruano ya al servicio de la dictadura de Alberto Fujimori. Cree en la
inversión privada y la libertad de empresa. Hasta ahí, pasa. Sin embargo, “Nano”
constantemente aludía a “La casta” refiriéndose a partidos políticos del establishment y decía que es “hora de
los emprendedores” al poder. Mejor dicho, apeló al viejo discurso
anti-político.
La anti-política es el desprecio a la actividad
política, los partidos políticos y la institucionalidad democrática.
Generalmente, es el resultado de largos años de demagogia, corrupción e
impunidad. Hay politólogos o sociólogos que creen que la anti-política es un fenómeno
post-moderno de la Globalización, pero es discutible.
En el Perú la anti-política surgió como rechazo a la
democracia dominada por el APRA, el Partido Popular Cristiano, Acción Popular y
la Izquierda Unida durante la década de 1980. Al inicio la encarnó el conductor
de TV Ricardo Belmont, pero después lo hizo el oscuro Alberto Fujimori: quinta-esencia de la anti-política. Recuérdese que parte de su victoria en las
elecciones generales de 1990 se debió a frases como “los partidos políticos no
han servido para nada”, “no soy político”, “es hora de los independientes”.
¿Les suena familiar?. Así se abrió la puerta a “floreros”, payasos o bonachones
sin ninguna experiencia política o administrativa.
La democracia restaurada en 2001 no fue el final de la
anti-política. Hoy vemos la realidad: sólo cambian rostros, pero son las mismas
ideas, las mismas prácticas, las mismas costumbres. En fin, la misma cultura
política poco amiga del imperio de la ley, la meritocracia y la “cosa pública”,
pero más cínica que antes a causa del desengaño y la frustración.
¿Qué son esos congresistas (por ejemplo, Lourdes
Alcorta, conocida en 2006 por narrar con lujo de detalles por TV cómo diez
depravados hombres violaron sexualmente a una jovencita) renunciantes a sus partidos
políticos, quienes como “independientes” rehúsan aprobar una reforma electoral
que mejore la representación política?. ¡Anti-políticos!. ¿Qué son esos presidentes
regionales y alcaldes “independientes”, con sus movimientos electorales vistos
por el interior del país hasta en la sopa, que hacen y deshacen en sus
localidades sin rendir cuentas a nadie o no saben qué hacer?. ¡Anti-políticos!.
Incluso, el Presidente de la República llegó al poder en 2011 como “independiente”
bienintencionado (“Honestidad para hacer
la diferencia”, ¿recuerdan?), pero sin saber ya qué hacer hasta las
elecciones. ¿Anti-político?.
¿Seguiremos comiendo el discurso anti-político o, por
fin, exigiremos que los políticos actúen como verdaderos representantes de la
ciudadanía?.

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