Han transcurrido 15 años desde el miércoles 22 de
noviembre del año 2000 cuando el Congreso reestableció el régimen democrático
en el Perú tras ocho años de dictadura y aún no puedo creer que no se haya
interrumpido.
Desde 1931 y salvando el periodo “partidocrático”
1980-1992 en el Perú la democracia no duraba más de seis años. En esta época se
han sucedido los gobiernos de Valentín Paniagua, Alejandro Toledo y Alan
García. El actual Gobierno nacional está por finalizar y una nueva elección
general nos daría un quinto gobierno consecutivo. Pese a enfrentar momentos difíciles
(el “Andahuaylazo” de 2005, las cruciales elecciones generales de 2006, el caso
“petro-audios” en 2008 o las protestas contra el proyecto minero Conga en
2012), el régimen democrático se ha mantenido. Ante la confrontación política
presente, quizá este tema le parezca trivial, pero los países más prósperos y
respetables del mundo (incluido Chile) tienen democracias estables. En ciencia
política sabemos que la democracia no es consecuencia del desarrollo sino
precondición para alcanzarlo y muchos países son ejemplo.
Por supuesto, todavía estamos lejos del sistema
político ideal, pero la democracia peruana se habría consolidado a tal punto
que podría permitirse el acceso al poder de la ex congresista e hija mayor del
ex dictador Alberto Fujimori (1992-2000), si la mayoría de votantes así lo
decide. Sucedió algo similar en Corea del Sur cuando la ex diputada e hija mayor
del ex dictador Park Chung-hee (1961-1979), Park Geun-hye, ganó los comicios
presidenciales en 2012 y llegó al poder. Las amenazas a la democracia no van
por ese lado.
¿De dónde provienen las amenazas a la democracia y
cuáles son?. Por un lado, el sector incendiario de la izquierda radical, que
sueña con la Cuba comunista, ansía imitar la Venezuela bolivariana, odia la
modernidad occidental y quiere utilizar la democracia para el más grande anhelo
“progre”: desmantelar el modelo económico heredado de la década de 1990. Del
otro lado, el sector reaccionario de la derecha conservadora, que reivindica
los años de la dictadura, añora la “mano dura”, desprecia la democracia
restaurada, reniega de los derechos humanos (detesta el Informe final de
Comisión de la Verdad y Reconciliación) y quiere acabar con la tribu política
rival de los “caviares”.
¿Las amenazas?. Primero, la demagogia o esa necesidad
patológica de ciertos políticos en campaña electoral por prometer algo que no
podrán cumplir o no tienen la mínima intención de cumplir o solamente
“hablarnos bonito” (“¡El pueblo!”) para que les aplaudamos a rabiar. Desde los
helénicos la demagogia conduce a la “oclocracia” o la tiranía de la turba.
Segundo, la corrupción, aquella negra práctica social antiquísima (muy
latinoamericana también) que no permite consolidar instituciones ni que se
imparta justicia o impere totalmente la ley y que favorece a poca gente sobre
mucha. La corrupción convierte la democracia en “cleptocracia” o el régimen del
robo.
¿Cuál será el destino de nuestra democracia?. Nosotros
propondremos y Dios dispondrá.

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